Ensayos y artículos sobre salud mental y psiquiatría, que reflejan los intereses profesionales y la opinión del Dr. Álvaro G. Requena, Médico Psiquiatra

lunes, marzo 07, 2011

El suicidio entre los adolescentes

(Ensayo escrito en Julio de 1987 y publicado en la revista: Centro Médico 1987; 33 (2):73-78)(Corregido para su publicación en este blog, en 2011)

Desde siempre, el suicidio ha sido considerado como un misterio de la naturaleza conmovedor e impresionante. No nos ha sido siempre posible entender porqué un ser vivo puede quitarse la vida.

Sabemos que algunos animales se suicidan; otros practican una forma velada de suicidio, como aquellos que se mueren cumpliendo su destino: el elefante que va a morir al cementerio de elefantes, el perrito que deja de comer por que se murió su dueño…

En el caso de los seres humanos, la conmoción e impresión que nos produce puede ser catastrófica.

Constantemente oímos y leemos noticias sobre suicidios. Forma parte del diario suceder. Estos suicidios algunas veces nos resultan mas entendibles, otras menos. Pero siempre nos perturban.

No es sólo el noticiario o el periódico el que nos habla del suicidio. La historia está llena de casos individuales, como Judas y Petronio o colectivos, como Masada y Numancia.

En algunas culturas el suicidio se constituyó en norma ética, como el “Hara-Kiri” en el Japón o en arma de guerra como los “kamikases”,  también japoneses.

Otras veces, ha sido la llamada de atención de hombres buenos comprometidos y entregados a su fe y a la humanidad, sobre los desastres de las políticas totalitarias y de la guerra, como fue el caso de los monjes budistas “Bonzos” que se inmolaron en Viet-Nam.

No falta en la historia de la humanidad el caso, aun más dramático, del suicidio colectivo inducido por la actitud delirante de un líder religioso y el propio fanatismo religioso, como fue el sucedido en Jonestown, Guyana, en 1978.

También recoge la historia “olas” de suicidio, o “modas”, como quizá sería más apropiado llamarlas. Una de ellas fue aquella sucedida en la ciudad de Miletos en la antigua Grecia, en la cual las jóvenes adoptaron la moda de ahorcarse. Así lo siguieron haciendo hasta que los gobernantes dictaron una ley por la cual, de toda joven que se ahorcase, sería exhibido su cuerpo desnudo en la plaza pública. Otra ola de suicidios fue la correspondiente al “Efecto Werther”, como se llama hoy en día a la influencia de la sugestión en el suicidio, y que, como su nombre lo indica, se debe a la famosa novela de Goethe Los sufrimientos del joven Werther. Esta novela publicada en 1774, fue el bestseller de su época, pero también le fue achacada la culpa de una ola de suicidios que se sucedieron por toda Europa.

Además de la consideración histórica del suicidio en sí, la humanidad ha ido alimentando y alternativamente destruyendo creencias respecto del suicidio y los suicidas. Algunas religiones no permiten enterrar al suicida en suelo bendito. Hay culturas que creen que el alma del suicida pena eternamente en el lugar de su muerte, tema éste que ha sido objeto de inmensa cantidad de obras artísticas de todo genero y que llevó a que en Inglaterra, hasta hace relativamente poco tiempo, se enterrase al suicida en un cruce de caminos con una estaca atravesándole el pecho.

En Europa, hasta hace pocos años, se creía que el cuerpo del suicida no se hundía en el agua, también se decía que si una mujer embarazada caminaba encima de la tumba de un suicida, abortaría.

En los últimos años se ha hecho francamente preocupante la frecuencia con la cual aparecen noticias sobre suicidios. Más aún por cuanto que la mayoría de esos casos son de adolescente y adultos jóvenes. En un estudio sobre los 283 suicidios consumados en 20 meses, entre 1981 y 1983, en el condado de San Diego, en el estado de California, EE.UU. nos encontramos con que 133 (equivalente al 47%) eran personas menores de treinta años. Últimamente, en marzo de 1987, leímos la noticia terrible del pacto suicida de cuatro adolescentes norteamericanos, seguida en pocos días, de otro pacto suicida de dos adolescentes más; en ambos casos, los suicidios fueron reacción ante otros suicidios.

Más recientemente, nos encontramos con estudios realizados en los estados Unidos de Norteamérica en los cuales se observa el aumento del número de suicidios luego de la presentación de películas con escenas de suicidios, o de las noticias sobre suicidios por la TV. Este aumento de suicidios, es particularmente notorio en los días siguientes a la emisión, alcanzando su punto más alto a los ocho días y luego se mantiene, aunque menos elevado, por 16 días más.

Dentro de este grupo de factores de influencia colectiva o de imitación, se ha notado un incremento en los pactos suicidas, en los cuales, obviamente, se entremezcla el suicidio con el homicidio. Algunos de estos pactos han alcanzado notoriedad pública debido a la TV y han sido imitados en larga cadena de suicidios-homicidios. Es de esta forma, como suicidios-homicidios como debemos considerar a la mayoría de estos pactos suicidas, ya que se ha demostrado en al menos 45% de esos casos la calificación de homicidio.

Esos factores, como la imitación, la influencia colectiva o la moda, son elusivos y difíciles de probar. Están en la mente de todos, pero su demostración estadística es difícil y compleja, al menos por el momento. Sin embargo, información muy importante ha emergido de las primeras investigaciones que toman en cuenta estadísticamente no sólo al suicida, a través de la llamada “autopsia psicológica” o estudio sistemático y profundo de la personalidad del suicida, hecho a través de los familiares y amigos del mismo, sino también, a sus compañeros; así se ha podido demostrar que entre los familiares, amigos y vecinos de los adolescentes suicidas se incrementa el riesgo de suicidio en 181 veces el de la población normal.

Ciertamente, que además de los factores apuntados hasta ahora, y que podríamos llamar: socioculturales, éticos, religiosos, políticos, militares, etc…, también debemos considerar, en un puesto muy importante, a la enfermedad mental, a las intoxicaciones y a las dependencias de drogas, de medicamentos y del alcohol.

En Venezuela no tenemos, en este momento, a pesar de la publicación por la prensa de varios casos de suicidio, siendo el mas reciente, un pacto suicida consumado por tres mujeres, una de ellas de 26 años de edad, motivos para presentar la angustia y preocupación que ha incitado en el último año, en los países de habla inglesa, a un despliegue de publicaciones académicas y no académicas, sobre el suicidio en los adolescentes.

No obstante, considero de mucho interés investigar sobre este tema, pues aún salvando las diferencias socioculturales y económicas entre los países anglosajones y nuestro país, pienso, sin embargo, que debemos aprender de los problemas que presentan los demás, si queremos enfrentar adecuadamente los nuestros. Más aún en una sociedad en plena formación que, de una u otra manera, tiende a asimilar formas de vida y actitudes propias de otras latitudes, que no siempre serán cónsonas con nuestras costumbres y valores tradicionales.

El estudio de las cifras estadísticas sobre el suicidio en Venezuela correspondientes al año de 1981, demuestra que la tasa de suicidios consumados para el grupo de edades entre los 15 y los 24 años, es de 6,74 por 100.000 habitantes. Para un total nacional de 4,62 por 100.000 habitantes, para todas las edades. El más alto índice corresponde al grupo con edades de 65 y más años, con 13,44 por 100.000 habitantes.

En cuanto a la mortalidad, para las personas entre 15 y 24 años de edad, el suicidio es la tercera causa de muerte para los varones, detrás de los accidentes y los homicidios, y la cuarta para las hembras, detrás de los accidentes, los abortos, otras causas obstétricas y el cáncer. Es 2,37 veces más frecuente el suicidio entre los varones que entre las hembras. Esta proporción, va ascendiendo de forma paulatina, hasta llegar a ser veinte veces más frecuente después de los 65 años de edad.

Finalmente, debemos destacar que en los centros poblados de 100.000 o más habitantes, los suicidios son diez veces más frecuentes, que en las demás poblaciones.


Fig. 1: Suicidios consumados por 100.000 habitantes.

              Edades                     Estados Unidos (1980)              Venezuela (1981)
              0 a 14 años                                 5,6
              5 a 14 años                                                                             0,38
             15 a 24 años                              12,3                                      6,74
             25 a 44 años                                                                            7,05
             45 a 64 años                              16,3                                       8,64
             ≥ 65 años                                   20,6                                     13,44
             Todas las edades                       11,9                                       4,62



Es obvio que en nuestro país, al menos por ahora, el problema no reviste las mismas características, en cuanto a prevalencia se refiere, que en los EE.UU. (Véase Fig. 1). Sin embargo, sabemos, al igual que se sabe en otras partes y en concreto en los EE.UU., que las cifras sobre suicidios no muestran la realidad, que ésta puede ser otra, probablemente sean cifras más altas, ya que muchos “accidentes” no son tales y otras muertes podrían ser reclasificadas como suicidio al ahondar un poco en la historia del paciente y al investigar entre sus amistades y familiares, tal y como de hecho se hizo en el estudio de San Diego.

Paralelamente al estimado numérico de los suicidios, hay también que tomar en cuenta los actos suicidas no consumados. Parece ser que los adolescentes que intentan el suicidio lo hacen en un número entre 5 y 15 veces mayor que el de aquellos que lo consuman. En 1970 se realizaron estudios al respecto y las cifras aportadas sugerían que entre del 1,1% al 3,0%, de la población en general ha intentado por lo menos una vez el suicidio.

Fig. 2: Tasas de suicidio por 100.000 habitantes en algunos países.

País:                       Año:        Tasa por 100.000):
Hungría                  1977                    40,3
Finlandia                1975                    25,0
Austria                    1978                    24,8
Suiza                       1978                    24,1
Dinamarca              1978                    23,3
R. F. Alemania        1978                   22,2
Checoslovaquia       1975                   21,9
Suecia                      1978                   19,0
Japón                        1978                   17,6
Bélgica                     1976                   16,6
Francia                     1976                   15,8
Canadá                     1977                   14,2
EE.UU.                    1980                   11,9
Noruega                   1978                   11,7
Australia                  1977                   11,1
Holanda                   1978                     9,7
Reino Unido G.B.    1978                    8,5
Israel                        1978                    5,6
Italia                         1975                   5,6
Venezuela                 1981                   4,6
Irlanda                      1977                   4,5
España                      1976                   4,1
Jordania                    1970                   0,04

Por la tabla de la Fig.2, podemos darnos cuenta de que las cifras más altas corresponden a Hungría. Las cifras más bajas son las de Jordania, que reportó en 1970 un sólo caso de suicidio, que correspondería entonces al 0,04 por 100.000 habitantes.

Algunos países han logrado disminuir su tasa de suicidios, como los EE.UU., Hungría y Alemania. Para otros ha ido en aumento: Finlandia, Japón, Suecia. Para todos ellos constituye motivo de la mayor preocupación el problema de los suicidios en general y de los adolescentes en particular, además todos han desarrollado planes de prevención a mediano y corto plazo.

Es también muy llamativo el alto número de suicidios entre las personas mayores de 65 años. Es posible que las causas para unos y otros, adolescentes y viejos, sean muy parecidas.

Hablábamos de la enfermedad mental como causa del suicidio y de hecho la reconocemos como tal, como causa primera, pero parece estar claro que el diagnóstico de reacción mental anormal, sea ésta cual fuere, no explica de forma suficiente el intento de suicidio de una persona. Toda vez que la gran mayoría de los enfermos mentales, en todas y cada una de las categorías diagnósticas, no se suicidan. Así pues, ¿por qué intentan el suicidio unos y otros, la mayoría, no lo hacen?

Se han descrito algunos factores que correlacionan mejor con el suicidio que otros; por ejemplo, en la depresión, el grado de desesperanza respecto del futuro correlaciona más con el suicidio, que la intensidad de la depresión propiamente dicha. Otro factor es la hostilidad manifiesta, que es propia de los pacientes depresivos que han intentado el suicidio. Es probable también, la ausencia o disminución de un factor de regulación bioquímica de la agresión. La presencia de delirio, sobre todo en casos de enfermedades afectivas. Presencia en la historia del paciente de ideación suicida, amenazas o intentos suicidas. La drogadicción, en particular el alcoholismo y más aún si padece duelo reciente.

Factores como el de la desesperanza, deben ser adecuadamente calibrados por el médico ya que es de extraordinaria importancia desde el punto de vista predictivo. Obviamente, la desesperanza no es propia de la depresión. Sin esperanza puede sentirse cualquier ser humano, esté o no enfermo de su mente. Dentro del grupo de los enfermos mentales, se ha observado esta situación de disminución de la esperanza en todos los trastornos mentales.

Con todo, no es posible, todavía, predecir quién va a intentar el suicidio, aunque si es posible indicar la probabilidad de que lo intente. Lo cual lleva, lógicamente, a la consideración de las posibles tendencias suicidas y a la importancia de la determinación de esa tendencia y de la prevención de su ejecución.

Entre los muchos conceptos nuevos que se estudian actualmente respecto del suicidio, están: la influencia de los factores genéticos, la relación íntima de la conducta suicida con la violencia, por tanto con el homicidio y finalmente, la comprensión de que el significado y la motivación para el suicidio varían enormemente entre las diversas culturas y subculturas, entre los hombres y las mujeres y entre los viejos y los jóvenes.

La descripción de aquellos factores más o menos importantes en la causalidad del suicidio, puede ser infinita. De lo expuesto hasta el momento, se deduce que las causas del suicidio son usualmente múltiples y que los factores que agravan o disparan estas causas, también son variados y difíciles de demostrar estadísticamente. No obstante, el esfuerzo de identificar estos factores debe ser hecho, ya que prevenir la muerte de un ser humano es siempre la mejor y más importante tarea, tanto más cuando al suicidio le incita un sufrimiento de tal calibre, que su único escape piensa que es la muerte por su propia mano.

Prevenir es la meta. Prevenir a los tres niveles posibles: el nivel primario, en el cual intentaremos evitar que el individuo intente el suicidio por primera vez, identificando y tratando los factores perturbadores; el nivel secundario, en el cual trataremos de evitar los intentos de suicidios subsiguientes, no debemos olvidar que la diferencia básica entre los jóvenes que intentan el suicidio y el resto de las personas que también lo intentan, es que los jóvenes tienen mayor propensión a intentarlo de nuevo; y el nivel terciario, en el cual procuraremos minimizar las consecuencias emocionales para las personas en el entorno del suicida y por supuesto la extensión por imitación o cualquier otro tipo de influencia, de esa conducta.

Ciertamente, que todo plan de prevención debe ser basado en los hechos encontrados en la investigación clínica y epidemiológica del trastorno, así como de sus variantes socioculturales, pero también lo será en la disponibilidad de los medios profesionales adecuados, de la receptividad de la sociedad y del grado de compromiso que la sociedad y los individuos estén dispuestos a asumir; y por último, un factor de extraordinaria significación práctica, es la importancia real del asunto a prevenir.

En el caso que nos ocupa, las posibilidades de consumar el suicidio un adolescente en nuestro país, son menores que en otros países (6,74 por 100.000 habitantes) y al igual que en todas partes, las posibilidades reales que tenemos de predecir el suicidio en un adolescente son mínimas. Por ejemplo, sólo 85% de los adolescentes que consuman el suicidio hablaron con alguien de sus deseos y alrededor de 18% de todos los adolescentes expresan en algún momento este deseo. Así pues, no hay especificidad ni sensibilidad adecuada en éste y mucho menos en los otros índices que se utilizan para intentar predecir la posibilidad de suicidio en una persona. El conjunto de esos índices, basados todos ellos en las muchas cosas de las que hemos hablado, como: sexo, edad, tipo de cultura, relaciones afectivas, religiosas, sociales, profesión, hábitos, presencia o no de enfermedad mental, etc…, en cuestionarios o listas más cortas o más largas, son una ayuda clínica inestimable, pero no dan un resultado confiable.

Creo que no es posible diseñar en este momento, en Venezuela al menos, un programa de prevención del suicidio en los adolescentes. Sin embargo, una vez que estemos en presencia de un joven con problemas psicológicos, trastornos de conducta, o que manifiesta ideación suicida, deberemos poner en marcha, de forma intensa y constante, los planes de prevención primaria, secundaria y terciaria de los cuales hablamos antes.

Siento que no podemos explicar, suficientemente, las razones del aumento progresivo en todo el mundo de la tasa de suicidios entre los adolescentes. Comprendo y siento que es así, que la desesperanza es el núcleo de la idea del suicidio y por tanto del acto. Quizá, ahí esté la posibilidad real de prevención: el cambio de las estructuras socioculturales actuales, que están llevando al hombre por el camino de la desesperanza, al ligarlo cada vez más a los objetos y al fomentarle como única meta, la consecución del placer y del poder, principalmente el económico y, por otra parte, desligarlo de aquellos valores que en el pasado lo hicieron grande y le ayudaron a crear la sociedad y la cultura actual. Valores que se centraban en cultivar el pensamiento, la cultura, la familia, la sociedad y la espiritualidad y de los cuales sintió, equivocadamente, que le obligaban, no a sentirse dador de afecto, cariño y respeto por sus semejantes, sino a exigirlo y a convertirse en arbitro y rígida autoridad generadora de dependencias.

Los jóvenes de las actuales culturas norte-occidentales, están llevando a cabo su acto de rebeldía contra esa actitud paternalista y castradora. Su forma de hacerlo y el rechazo con que fue recibida, les ha traído como consecuencia la actual situación de desesperanza y perplejidad ante la vida.

Pienso que es sólo cuestión de tiempo para que el hombre, cuyo instinto más fuerte siempre ha sido y seguirá siendo el de conservación de la especie, encuentre su adecuado balance y cultive con felicidad aquellos valores que siempre le hicieron grande y de los cuales se desvió momentáneamente.

En nuestra sociedad venezolana y en la latinoamericana en general, llevamos unas pocas décadas de atraso en más de un sentido. Todavía viven nuestros adolescentes y niños la vida de sumisión a la autoridad que nuestra deformada sociedad exige. Los gobernantes hacen gala de paternalismo y hasta la economía es simbólicamente castrada, al impedírsele su natural desarrollo y al tratar de modificar los resultados sin haber intentado antes los cambios básicos conceptuales adecuados a las necesidades de la sociedad actual, cuando realmente lo que se está haciendo es posponer los enfrentamientos con nuestra inmediata realidad. Los políticos y los empresarios, tanto los del dinero como los del sindicalismo, hacen gala de una ética sofista. Desde el punto de vista de la estructura familiar, sin embargo, creo que no estamos tan atrasados, mantenemos lazos de afecto y cariño permanentes, abarcando nuestros niños y adolescentes y a nuestros viejos. Nuestra sociedad de alguna manera tiene en su conciencia colectiva el criterio de que el joven, o sea el niño y el adolescente, es la materia prima de la sociedad del futuro. Todavía el adolescente es para nosotros el futuro y el viejo, nuestra memoria. Para los habitantes de otras latitudes, pareciera que ambos son sólo dos problemas sociales de difícil solución y que por lo tanto o se les enfrenta como problema y se les busca una solución, o se les soslaya.

A veces tengo la impresión de que el hombre ha perdido su capacidad para proyectarse en el futuro y sólo piensa en su momento actual, no dándose cuenta que su vida es un diario envejecer y sus pasos serán andados por los que vienen detrás. Las cosas cambiarán cuando aprendamos como sociedad que nuestras vidas se justifican por el futuro de los demás. Cuando recuperemos nuestra esperanza, sabremos transmitirla.

Es posible que esa sea la explicación del por qué en Venezuela y en los grupos minoritarios de los países desarrollados, las tasas de suicidio entre los adolescentes en particular y las de la población en general, sean mas bajas.

El subdesarrollo, después de todo permite a la familia estrecharse y compactarse; el desarrollo pareciera que la expande y tiende a desintegrarla. El equilibrio de la familia con el progreso y por ende con el desarrollo, es nuestro problema para el futuro.

Bibliografía consultada:
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