(Ensayo escrito especialmente para ser publicado por la Revista electrónica Analítica Premium en la edición del 4 de octubre de 2008)
Uno de los aspectos más interesantes de la salud mental es el cambio de enfoque de individual a colectiva. Obviamente, la salud mental individual es primordial en el desarrollo y desempeño de la persona y como tal debe ser valorada con periodicidad. La colectiva, en cambio, no solemos valorarla, excepto cuando su comportamiento se sale de lo usual y se presentan situaciones públicas excepcionales. Los ejemplos son muchos, pero cabe recordar entre los últimos sucesos: la guerra de Irak, el ataque a las torres gemelas en Nueva York, el deslave de 1999, el huracán Katrina, la huelga casi-general del 2002, los botados de PDVSA, el tsunami en Indonesia, las bombas en el tren de Madrid, y otros eventos chocantes y conmovedores que han afectado a extensos sectores de la humanidad.
También puede darse el caso de situaciones excepcionales que se hagan permanentes, como fueron las purgas en la Unión Soviética en época de Stalin, los planes de recuperación de Mao, el bloqueo a Cuba, los problemas étnicos en Ruanda y Darfur y la dificultad para asentarse en su territorio que afecta a kurdos, israelitas y palestinos. En Venezuela también hay situaciones excepcionales que se hicieron permanentes: los planes de emergencia, la asistencia a los desplazados por los deslaves y los puentes elevados, además, se da la paradoja de que los planes permanentes, como las becas “Mariscal de Ayacucho”, las “Misiones”, el plan “barrio adentro” y la Constitución, son temporales.
Así pues, aquí tenemos las condiciones de excepcionalidad suficientes para que la salud mental colectiva del venezolano deba ser evaluada periódicamente. Para más abundar en causas para hacerlo, somos un país afectado por la delincuencia, la criminalidad, los secuestros, el narcotráfico, la retaliación política, la inflación, el desabastecimiento, la escasez de viviendas, la inestabilidad comercial e industrial, la desinversión, el excesivo gasto gubernamental, la dependencia del estado, el descuido y falta de mantenimiento de las instalaciones y algunos de los servicios, como el eléctrico. Además, la descalificación personal y grupal, las amenazas de guerra, la imposición de actitudes e ideologías y la confusión creada entre merecimientos y logros personales, han dado al traste con la serenidad necesaria para un desarrollo personal armónico, solidario y ambicioso de calidad humana y respeto ciudadano.
El venezolano actual es, como siempre lo ha sido, optimista y positivo, imaginativo, de buen humor y muestra su alegría en todas las circunstancias de la vida. Es interesado en su bienestar y el de los demás, piensa continuamente en el colectivo y disfruta los logros del futuro antes que sucedan. Dicharachero, conversador, mal hablado y zumbón, es, sin embargo, solidario, empático, entregado, generoso y dadivoso. Comparte lo bueno, esconde y asume lo malo, se disculpa en los tropiezos y exige sus derechos. Hablador y con sentido musical, recita y canta cuando dice lo que siente y grita y brama cuando se atora, se frustra o lo humillan. No es belicoso ni pendenciero, pero abanica con las manos a quien se le enfrenta y si la ocasión lo exige, es fiero, aguerrido y no retrocede, “ni para coger impulso”.
En ese venezolano, en los últimos diez años, se han desarrollado algunas tendencias y se han agravado ciertas respuestas. Por ejemplo, se ha vuelto más dependiente de alimentar sus esperanzas con fantasías y se ha sentido muy frustrado, inquieto y hasta impotente ante la avalancha de desafueros propiciados y adelantados por el gobierno en la cabeza del Presidente de la República. Nuestra capacidad para elucubrar sobre el futuro, los sucesos y las acciones políticas, se ha visto seriamente frustrada y comprometida por el total desconocimiento de cómo se bate el cobre o, mejor dicho, de cómo se plantean las estrategias políticas, económicas y sociales, a nivel gubernamental y cuales son las motivaciones y las metas de los planes y leyes que, con tanta abundancia, promulga el gobierno. Situaciones que explican la actitud expectante y en apariencia pasiva que vemos en la mayoría de las personas, quienes, aún no estando de acuerdo con las acciones gubernamentales, sin embargo pareciera que no mueven un dedo en defensa de sus intereses, principios y valores. Alharaca sin contenido de fuerza. Ruido sin nueces.
¿Acostumbramiento? Seguro que sí. ¿Desesperanza aprendida? No me parece. Las pruebas las tenemos en que hoy día, después de casi diez años de presión, parcialmente exitosa, por desgracia, para extinguir la expresión activa de la oposición, los venezolanos en general, adheridos o no al oficialismo, somos entes politizados, como nunca se había visto en Venezuela.
Nuestra salud mental se mantendrá, pues el buen humor y la esperanza, aunados a la paciencia y la perseverancia, nos hacen resistentes a los embates de la desestructuración socio económica y política a la que estamos sometidos.
No en vano, en el siglo XVII, planteó Spinoza, el filósofo holandés que: “La esperanza es inquietud, ignorancia e impotencia.” Tres aspectos del sentir humano que en Venezuela todos padecemos en demasía.
En cuanto a la inquietud, está claro que en Venezuela se ha venido dando un proceso de desestructuración que se ha basado en: la incongruencia, diciendo cosas que no se corresponden con lo que se hace, un ejemplo reciente, muy ilustrativo, ha sido la expulsión del territorio nacional del Director de Human Rights Watch, por expresar los criterios de la citada organización sobre las acciones y actitudes del gobierno venezolano, lo cual fue considerado intromisión y vilipendio a las instituciones y personajes de la Nación venezolana, mientras que las opiniones, clara e inequívocamente entrometidas y severamente parcializadas del Presidente Hugo Chávez en otros países, son más bien acogidas y publicitadas en Venezuela, como dogma político internacional; en la incoherencia por la pérdida de la estructura lógica de los asuntos políticos y económicos, como por ejemplo la obstinada y machacona defensa de la Constitución y las leyes, para después emitir una secuencia de 26 leyes que atropellan los postulados básicos de la Constitución y van, además, en contra de la decisión popular de no aprobar la reforma de la Constitución planteada el 2 de diciembre de 2007; y, por último, en el desprecio a aquellos valores desarrollados por la sociedad que le han servido, hasta ahora, de patrón de comparación para establecer los logros sociales y económicos, tales como los méritos adquiridos, los estudios y la preparación profesional, cuyos ejemplos más pertinentes son los nombramientos de personas sin el entrenamiento ni los conocimientos adecuados a determinados cargos y funciones y el consiguiente vaivén e ineficacia de las políticas expresadas por esos despachos, especialmente notorio por discriminatorio contra los médicos, ineficiente como práctica médica y desligado de las realidades asistenciales nacionales, ha sido el caso de los servicios de asistencia populares bajo el esquema “Barrio Adentro”.
Como queda dicho, las contradicciones son la regla más que la excepción. La crítica acerba, descalificadora e insultante o el desprecio por las más elementales normas de respeto social y colectivo, han sido el modelo a seguir por un pueblo confundido, apabullado por los discursos cargados de epítetos descalificadores y encendidos con frases ominosas que pretenden dar seguridades de futuro, dominio de las circunstancias y de las posibles influencias de otros países o culturas, cuando no de personas encumbradas en el plano político internacional, como Fidel, Evo y Daniel. Inconsistencias que elevan el espíritu momentáneamente durante el discurso, pero que luego se topan con la cruda realidad de un pueblo utilizado, exprimido y abandonado a su suerte, mientras su patrimonio y sus súbitas y fortuitas riquezas son disfrutadas por otros. Nosotros, entretanto, estamos, hieráticos e impávidos, mirando el desfile de carencias, abandonos, destrucción y expectativas no resueltas.
La ignorancia consume nuestra paz, pues saber que no sabemos lo que deberíamos saber es angustia que aumenta la inquietud. Intuir que a nuestras espaldas, en secreto, a puertas cerradas y entre gallos y media noche, se teje el futuro del país, sin el respeto y consideración a nuestra condición de ciudadanos y a nuestros deseos expresados a través del voto, es también fuente explosiva de sorpresa, incomodidad e inquietud y aumenta la sensación angustiosa de ignorar lo qué está pasando. La ignorancia, manejada manipulativamente desde los centros estratégicos de generación de caos político a través de la ruptura de la expectativa lógica, es una forma de dominio del pueblo, que ansioso de saber, llega a creer que migajas de algo son el todo y no parte; se contentan con ese poco y cuando caen en cuenta de lo faltante, ya es tarde, se aprobaron leyes y tratados y se generaron movimientos políticos que van más allá de lo esperado por el ciudadano. En esa misma tónica se encuentra la mentira y el disimulo, con el cual se van tapando los obvios costurones del tejido que se está elaborando con la sociedad, la economía y la política y, cuando se descubre el engaño, salen a relucir las mentiras y las aseveraciones que cambian momentáneamente la percepción del ciudadano de las verdaderas metas y actitudes del gobierno en boca y acción de los gobernantes y líderes políticos.
Como consecuencia inmediata surge la sensación de impotencia, pues a la natural tendencia a hacer algo, a intentar siquiera modificar lo que se está viviendo, se le opone de forma drástica y contundente la muralla del no saber, de no poseer esquemas que permitan avizorar o considerar las posibilidades futuras, pudiendo llegar la persona hasta la ofuscación, al no conseguir elementos con los cuales lidiar ni personas en las que influir. Impotencia ante los eventos en desarrollo, una angustia más.
Esa mezcla de sensaciones de inquietud, ignorancia e impotencia, son un producto esperado por los dirigentes políticos que intentan imbuirnos de sus ideas proselitistas comunistas de viejo cuño. Pero lo que ellos no esperaban es que el colmo de sus manipulaciones mediáticas y de sus acciones desestabilizadoras y generadoras de esa mezcla de sensaciones expresadas, fuese, a la vez, ante el cúmulo de presiones, el origen de la intolerancia individual y la base de la esperanza personal y colectiva.
Resumiendo, diremos que el venezolano actual, en septiembre de 2008, es un ser lleno de esperanza ante el futuro que ha perdido el entusiasmo por el presente; que se siente traicionado y desestimado por sus gobernantes y ve en ellos el protagonismo personal y el desprecio por las necesidad básicas de los miembros de la sociedad, sobretodo en lo que respecta a seguridad personal y colectiva y a confianza en las instituciones, incluida la judicial –observada hoy como el mayor peligro a la integridad de los derechos de los venezolanos; que siente que se valora más a otros que al ciudadano que habita en el territorio nacional; que ve cómo se gasta el dinero que necesita el pueblo y se le miente, se le manipula y, finalmente, es testigo y víctima de promesas incumplidas que le generaron las mayores expectativas: como son la igualdad ante las leyes, la lucha contra la corrupción, la construcción de viviendas, el trabajo para todos, la validez económica del salario, la seguridad previsional y el acceso general e igualitario a la salud.
Somos, pues, una nación llena de ciudadanos con esperanza indoblegable en el futuro, pero así es como debemos ser los seres humanos sanos mentalmente. El pesimismo, la negatividad, la indolencia, la apatía, la abulia, el conformismo, no caben en nuestro espíritu. Nuestro presente es inquietante, angustioso, desagradable y muy irritante, pero nuestro futuro es y siempre será, el que como nación nos queramos dar. El futuro es nuestro, pero el presente por muy aciago que sea hay que vivirlo con intensidad, dolor, frustración y malestar, pero con la vista puesta en el día de mañana, es decir, con esperanza.
Ensayos y artículos sobre salud mental y psiquiatría, que reflejan los intereses profesionales y la opinión del Dr. Álvaro G. Requena, Médico Psiquiatra
domingo, octubre 05, 2008
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