Ensayos y artículos sobre salud mental y psiquiatría, que reflejan los intereses profesionales y la opinión del Dr. Álvaro G. Requena, Médico Psiquiatra

lunes, marzo 07, 2011

El suicidio entre los adolescentes

(Ensayo escrito en Julio de 1987 y publicado en la revista: Centro Médico 1987; 33 (2):73-78)(Corregido para su publicación en este blog, en 2011)

Desde siempre, el suicidio ha sido considerado como un misterio de la naturaleza conmovedor e impresionante. No nos ha sido siempre posible entender porqué un ser vivo puede quitarse la vida.

Sabemos que algunos animales se suicidan; otros practican una forma velada de suicidio, como aquellos que se mueren cumpliendo su destino: el elefante que va a morir al cementerio de elefantes, el perrito que deja de comer por que se murió su dueño…

En el caso de los seres humanos, la conmoción e impresión que nos produce puede ser catastrófica.

Constantemente oímos y leemos noticias sobre suicidios. Forma parte del diario suceder. Estos suicidios algunas veces nos resultan mas entendibles, otras menos. Pero siempre nos perturban.

No es sólo el noticiario o el periódico el que nos habla del suicidio. La historia está llena de casos individuales, como Judas y Petronio o colectivos, como Masada y Numancia.

En algunas culturas el suicidio se constituyó en norma ética, como el “Hara-Kiri” en el Japón o en arma de guerra como los “kamikases”,  también japoneses.

Otras veces, ha sido la llamada de atención de hombres buenos comprometidos y entregados a su fe y a la humanidad, sobre los desastres de las políticas totalitarias y de la guerra, como fue el caso de los monjes budistas “Bonzos” que se inmolaron en Viet-Nam.

No falta en la historia de la humanidad el caso, aun más dramático, del suicidio colectivo inducido por la actitud delirante de un líder religioso y el propio fanatismo religioso, como fue el sucedido en Jonestown, Guyana, en 1978.

También recoge la historia “olas” de suicidio, o “modas”, como quizá sería más apropiado llamarlas. Una de ellas fue aquella sucedida en la ciudad de Miletos en la antigua Grecia, en la cual las jóvenes adoptaron la moda de ahorcarse. Así lo siguieron haciendo hasta que los gobernantes dictaron una ley por la cual, de toda joven que se ahorcase, sería exhibido su cuerpo desnudo en la plaza pública. Otra ola de suicidios fue la correspondiente al “Efecto Werther”, como se llama hoy en día a la influencia de la sugestión en el suicidio, y que, como su nombre lo indica, se debe a la famosa novela de Goethe Los sufrimientos del joven Werther. Esta novela publicada en 1774, fue el bestseller de su época, pero también le fue achacada la culpa de una ola de suicidios que se sucedieron por toda Europa.

Además de la consideración histórica del suicidio en sí, la humanidad ha ido alimentando y alternativamente destruyendo creencias respecto del suicidio y los suicidas. Algunas religiones no permiten enterrar al suicida en suelo bendito. Hay culturas que creen que el alma del suicida pena eternamente en el lugar de su muerte, tema éste que ha sido objeto de inmensa cantidad de obras artísticas de todo genero y que llevó a que en Inglaterra, hasta hace relativamente poco tiempo, se enterrase al suicida en un cruce de caminos con una estaca atravesándole el pecho.

En Europa, hasta hace pocos años, se creía que el cuerpo del suicida no se hundía en el agua, también se decía que si una mujer embarazada caminaba encima de la tumba de un suicida, abortaría.

En los últimos años se ha hecho francamente preocupante la frecuencia con la cual aparecen noticias sobre suicidios. Más aún por cuanto que la mayoría de esos casos son de adolescente y adultos jóvenes. En un estudio sobre los 283 suicidios consumados en 20 meses, entre 1981 y 1983, en el condado de San Diego, en el estado de California, EE.UU. nos encontramos con que 133 (equivalente al 47%) eran personas menores de treinta años. Últimamente, en marzo de 1987, leímos la noticia terrible del pacto suicida de cuatro adolescentes norteamericanos, seguida en pocos días, de otro pacto suicida de dos adolescentes más; en ambos casos, los suicidios fueron reacción ante otros suicidios.

Más recientemente, nos encontramos con estudios realizados en los estados Unidos de Norteamérica en los cuales se observa el aumento del número de suicidios luego de la presentación de películas con escenas de suicidios, o de las noticias sobre suicidios por la TV. Este aumento de suicidios, es particularmente notorio en los días siguientes a la emisión, alcanzando su punto más alto a los ocho días y luego se mantiene, aunque menos elevado, por 16 días más.

Dentro de este grupo de factores de influencia colectiva o de imitación, se ha notado un incremento en los pactos suicidas, en los cuales, obviamente, se entremezcla el suicidio con el homicidio. Algunos de estos pactos han alcanzado notoriedad pública debido a la TV y han sido imitados en larga cadena de suicidios-homicidios. Es de esta forma, como suicidios-homicidios como debemos considerar a la mayoría de estos pactos suicidas, ya que se ha demostrado en al menos 45% de esos casos la calificación de homicidio.

Esos factores, como la imitación, la influencia colectiva o la moda, son elusivos y difíciles de probar. Están en la mente de todos, pero su demostración estadística es difícil y compleja, al menos por el momento. Sin embargo, información muy importante ha emergido de las primeras investigaciones que toman en cuenta estadísticamente no sólo al suicida, a través de la llamada “autopsia psicológica” o estudio sistemático y profundo de la personalidad del suicida, hecho a través de los familiares y amigos del mismo, sino también, a sus compañeros; así se ha podido demostrar que entre los familiares, amigos y vecinos de los adolescentes suicidas se incrementa el riesgo de suicidio en 181 veces el de la población normal.

Ciertamente, que además de los factores apuntados hasta ahora, y que podríamos llamar: socioculturales, éticos, religiosos, políticos, militares, etc…, también debemos considerar, en un puesto muy importante, a la enfermedad mental, a las intoxicaciones y a las dependencias de drogas, de medicamentos y del alcohol.

En Venezuela no tenemos, en este momento, a pesar de la publicación por la prensa de varios casos de suicidio, siendo el mas reciente, un pacto suicida consumado por tres mujeres, una de ellas de 26 años de edad, motivos para presentar la angustia y preocupación que ha incitado en el último año, en los países de habla inglesa, a un despliegue de publicaciones académicas y no académicas, sobre el suicidio en los adolescentes.

No obstante, considero de mucho interés investigar sobre este tema, pues aún salvando las diferencias socioculturales y económicas entre los países anglosajones y nuestro país, pienso, sin embargo, que debemos aprender de los problemas que presentan los demás, si queremos enfrentar adecuadamente los nuestros. Más aún en una sociedad en plena formación que, de una u otra manera, tiende a asimilar formas de vida y actitudes propias de otras latitudes, que no siempre serán cónsonas con nuestras costumbres y valores tradicionales.

El estudio de las cifras estadísticas sobre el suicidio en Venezuela correspondientes al año de 1981, demuestra que la tasa de suicidios consumados para el grupo de edades entre los 15 y los 24 años, es de 6,74 por 100.000 habitantes. Para un total nacional de 4,62 por 100.000 habitantes, para todas las edades. El más alto índice corresponde al grupo con edades de 65 y más años, con 13,44 por 100.000 habitantes.

En cuanto a la mortalidad, para las personas entre 15 y 24 años de edad, el suicidio es la tercera causa de muerte para los varones, detrás de los accidentes y los homicidios, y la cuarta para las hembras, detrás de los accidentes, los abortos, otras causas obstétricas y el cáncer. Es 2,37 veces más frecuente el suicidio entre los varones que entre las hembras. Esta proporción, va ascendiendo de forma paulatina, hasta llegar a ser veinte veces más frecuente después de los 65 años de edad.

Finalmente, debemos destacar que en los centros poblados de 100.000 o más habitantes, los suicidios son diez veces más frecuentes, que en las demás poblaciones.


Fig. 1: Suicidios consumados por 100.000 habitantes.

              Edades                     Estados Unidos (1980)              Venezuela (1981)
              0 a 14 años                                 5,6
              5 a 14 años                                                                             0,38
             15 a 24 años                              12,3                                      6,74
             25 a 44 años                                                                            7,05
             45 a 64 años                              16,3                                       8,64
             ≥ 65 años                                   20,6                                     13,44
             Todas las edades                       11,9                                       4,62



Es obvio que en nuestro país, al menos por ahora, el problema no reviste las mismas características, en cuanto a prevalencia se refiere, que en los EE.UU. (Véase Fig. 1). Sin embargo, sabemos, al igual que se sabe en otras partes y en concreto en los EE.UU., que las cifras sobre suicidios no muestran la realidad, que ésta puede ser otra, probablemente sean cifras más altas, ya que muchos “accidentes” no son tales y otras muertes podrían ser reclasificadas como suicidio al ahondar un poco en la historia del paciente y al investigar entre sus amistades y familiares, tal y como de hecho se hizo en el estudio de San Diego.

Paralelamente al estimado numérico de los suicidios, hay también que tomar en cuenta los actos suicidas no consumados. Parece ser que los adolescentes que intentan el suicidio lo hacen en un número entre 5 y 15 veces mayor que el de aquellos que lo consuman. En 1970 se realizaron estudios al respecto y las cifras aportadas sugerían que entre del 1,1% al 3,0%, de la población en general ha intentado por lo menos una vez el suicidio.

Fig. 2: Tasas de suicidio por 100.000 habitantes en algunos países.

País:                       Año:        Tasa por 100.000):
Hungría                  1977                    40,3
Finlandia                1975                    25,0
Austria                    1978                    24,8
Suiza                       1978                    24,1
Dinamarca              1978                    23,3
R. F. Alemania        1978                   22,2
Checoslovaquia       1975                   21,9
Suecia                      1978                   19,0
Japón                        1978                   17,6
Bélgica                     1976                   16,6
Francia                     1976                   15,8
Canadá                     1977                   14,2
EE.UU.                    1980                   11,9
Noruega                   1978                   11,7
Australia                  1977                   11,1
Holanda                   1978                     9,7
Reino Unido G.B.    1978                    8,5
Israel                        1978                    5,6
Italia                         1975                   5,6
Venezuela                 1981                   4,6
Irlanda                      1977                   4,5
España                      1976                   4,1
Jordania                    1970                   0,04

Por la tabla de la Fig.2, podemos darnos cuenta de que las cifras más altas corresponden a Hungría. Las cifras más bajas son las de Jordania, que reportó en 1970 un sólo caso de suicidio, que correspondería entonces al 0,04 por 100.000 habitantes.

Algunos países han logrado disminuir su tasa de suicidios, como los EE.UU., Hungría y Alemania. Para otros ha ido en aumento: Finlandia, Japón, Suecia. Para todos ellos constituye motivo de la mayor preocupación el problema de los suicidios en general y de los adolescentes en particular, además todos han desarrollado planes de prevención a mediano y corto plazo.

Es también muy llamativo el alto número de suicidios entre las personas mayores de 65 años. Es posible que las causas para unos y otros, adolescentes y viejos, sean muy parecidas.

Hablábamos de la enfermedad mental como causa del suicidio y de hecho la reconocemos como tal, como causa primera, pero parece estar claro que el diagnóstico de reacción mental anormal, sea ésta cual fuere, no explica de forma suficiente el intento de suicidio de una persona. Toda vez que la gran mayoría de los enfermos mentales, en todas y cada una de las categorías diagnósticas, no se suicidan. Así pues, ¿por qué intentan el suicidio unos y otros, la mayoría, no lo hacen?

Se han descrito algunos factores que correlacionan mejor con el suicidio que otros; por ejemplo, en la depresión, el grado de desesperanza respecto del futuro correlaciona más con el suicidio, que la intensidad de la depresión propiamente dicha. Otro factor es la hostilidad manifiesta, que es propia de los pacientes depresivos que han intentado el suicidio. Es probable también, la ausencia o disminución de un factor de regulación bioquímica de la agresión. La presencia de delirio, sobre todo en casos de enfermedades afectivas. Presencia en la historia del paciente de ideación suicida, amenazas o intentos suicidas. La drogadicción, en particular el alcoholismo y más aún si padece duelo reciente.

Factores como el de la desesperanza, deben ser adecuadamente calibrados por el médico ya que es de extraordinaria importancia desde el punto de vista predictivo. Obviamente, la desesperanza no es propia de la depresión. Sin esperanza puede sentirse cualquier ser humano, esté o no enfermo de su mente. Dentro del grupo de los enfermos mentales, se ha observado esta situación de disminución de la esperanza en todos los trastornos mentales.

Con todo, no es posible, todavía, predecir quién va a intentar el suicidio, aunque si es posible indicar la probabilidad de que lo intente. Lo cual lleva, lógicamente, a la consideración de las posibles tendencias suicidas y a la importancia de la determinación de esa tendencia y de la prevención de su ejecución.

Entre los muchos conceptos nuevos que se estudian actualmente respecto del suicidio, están: la influencia de los factores genéticos, la relación íntima de la conducta suicida con la violencia, por tanto con el homicidio y finalmente, la comprensión de que el significado y la motivación para el suicidio varían enormemente entre las diversas culturas y subculturas, entre los hombres y las mujeres y entre los viejos y los jóvenes.

La descripción de aquellos factores más o menos importantes en la causalidad del suicidio, puede ser infinita. De lo expuesto hasta el momento, se deduce que las causas del suicidio son usualmente múltiples y que los factores que agravan o disparan estas causas, también son variados y difíciles de demostrar estadísticamente. No obstante, el esfuerzo de identificar estos factores debe ser hecho, ya que prevenir la muerte de un ser humano es siempre la mejor y más importante tarea, tanto más cuando al suicidio le incita un sufrimiento de tal calibre, que su único escape piensa que es la muerte por su propia mano.

Prevenir es la meta. Prevenir a los tres niveles posibles: el nivel primario, en el cual intentaremos evitar que el individuo intente el suicidio por primera vez, identificando y tratando los factores perturbadores; el nivel secundario, en el cual trataremos de evitar los intentos de suicidios subsiguientes, no debemos olvidar que la diferencia básica entre los jóvenes que intentan el suicidio y el resto de las personas que también lo intentan, es que los jóvenes tienen mayor propensión a intentarlo de nuevo; y el nivel terciario, en el cual procuraremos minimizar las consecuencias emocionales para las personas en el entorno del suicida y por supuesto la extensión por imitación o cualquier otro tipo de influencia, de esa conducta.

Ciertamente, que todo plan de prevención debe ser basado en los hechos encontrados en la investigación clínica y epidemiológica del trastorno, así como de sus variantes socioculturales, pero también lo será en la disponibilidad de los medios profesionales adecuados, de la receptividad de la sociedad y del grado de compromiso que la sociedad y los individuos estén dispuestos a asumir; y por último, un factor de extraordinaria significación práctica, es la importancia real del asunto a prevenir.

En el caso que nos ocupa, las posibilidades de consumar el suicidio un adolescente en nuestro país, son menores que en otros países (6,74 por 100.000 habitantes) y al igual que en todas partes, las posibilidades reales que tenemos de predecir el suicidio en un adolescente son mínimas. Por ejemplo, sólo 85% de los adolescentes que consuman el suicidio hablaron con alguien de sus deseos y alrededor de 18% de todos los adolescentes expresan en algún momento este deseo. Así pues, no hay especificidad ni sensibilidad adecuada en éste y mucho menos en los otros índices que se utilizan para intentar predecir la posibilidad de suicidio en una persona. El conjunto de esos índices, basados todos ellos en las muchas cosas de las que hemos hablado, como: sexo, edad, tipo de cultura, relaciones afectivas, religiosas, sociales, profesión, hábitos, presencia o no de enfermedad mental, etc…, en cuestionarios o listas más cortas o más largas, son una ayuda clínica inestimable, pero no dan un resultado confiable.

Creo que no es posible diseñar en este momento, en Venezuela al menos, un programa de prevención del suicidio en los adolescentes. Sin embargo, una vez que estemos en presencia de un joven con problemas psicológicos, trastornos de conducta, o que manifiesta ideación suicida, deberemos poner en marcha, de forma intensa y constante, los planes de prevención primaria, secundaria y terciaria de los cuales hablamos antes.

Siento que no podemos explicar, suficientemente, las razones del aumento progresivo en todo el mundo de la tasa de suicidios entre los adolescentes. Comprendo y siento que es así, que la desesperanza es el núcleo de la idea del suicidio y por tanto del acto. Quizá, ahí esté la posibilidad real de prevención: el cambio de las estructuras socioculturales actuales, que están llevando al hombre por el camino de la desesperanza, al ligarlo cada vez más a los objetos y al fomentarle como única meta, la consecución del placer y del poder, principalmente el económico y, por otra parte, desligarlo de aquellos valores que en el pasado lo hicieron grande y le ayudaron a crear la sociedad y la cultura actual. Valores que se centraban en cultivar el pensamiento, la cultura, la familia, la sociedad y la espiritualidad y de los cuales sintió, equivocadamente, que le obligaban, no a sentirse dador de afecto, cariño y respeto por sus semejantes, sino a exigirlo y a convertirse en arbitro y rígida autoridad generadora de dependencias.

Los jóvenes de las actuales culturas norte-occidentales, están llevando a cabo su acto de rebeldía contra esa actitud paternalista y castradora. Su forma de hacerlo y el rechazo con que fue recibida, les ha traído como consecuencia la actual situación de desesperanza y perplejidad ante la vida.

Pienso que es sólo cuestión de tiempo para que el hombre, cuyo instinto más fuerte siempre ha sido y seguirá siendo el de conservación de la especie, encuentre su adecuado balance y cultive con felicidad aquellos valores que siempre le hicieron grande y de los cuales se desvió momentáneamente.

En nuestra sociedad venezolana y en la latinoamericana en general, llevamos unas pocas décadas de atraso en más de un sentido. Todavía viven nuestros adolescentes y niños la vida de sumisión a la autoridad que nuestra deformada sociedad exige. Los gobernantes hacen gala de paternalismo y hasta la economía es simbólicamente castrada, al impedírsele su natural desarrollo y al tratar de modificar los resultados sin haber intentado antes los cambios básicos conceptuales adecuados a las necesidades de la sociedad actual, cuando realmente lo que se está haciendo es posponer los enfrentamientos con nuestra inmediata realidad. Los políticos y los empresarios, tanto los del dinero como los del sindicalismo, hacen gala de una ética sofista. Desde el punto de vista de la estructura familiar, sin embargo, creo que no estamos tan atrasados, mantenemos lazos de afecto y cariño permanentes, abarcando nuestros niños y adolescentes y a nuestros viejos. Nuestra sociedad de alguna manera tiene en su conciencia colectiva el criterio de que el joven, o sea el niño y el adolescente, es la materia prima de la sociedad del futuro. Todavía el adolescente es para nosotros el futuro y el viejo, nuestra memoria. Para los habitantes de otras latitudes, pareciera que ambos son sólo dos problemas sociales de difícil solución y que por lo tanto o se les enfrenta como problema y se les busca una solución, o se les soslaya.

A veces tengo la impresión de que el hombre ha perdido su capacidad para proyectarse en el futuro y sólo piensa en su momento actual, no dándose cuenta que su vida es un diario envejecer y sus pasos serán andados por los que vienen detrás. Las cosas cambiarán cuando aprendamos como sociedad que nuestras vidas se justifican por el futuro de los demás. Cuando recuperemos nuestra esperanza, sabremos transmitirla.

Es posible que esa sea la explicación del por qué en Venezuela y en los grupos minoritarios de los países desarrollados, las tasas de suicidio entre los adolescentes en particular y las de la población en general, sean mas bajas.

El subdesarrollo, después de todo permite a la familia estrecharse y compactarse; el desarrollo pareciera que la expande y tiende a desintegrarla. El equilibrio de la familia con el progreso y por ende con el desarrollo, es nuestro problema para el futuro.

Bibliografía consultada:
  1. Anuario estadístico 1981, Tomo VII, Situación social. Sección 491. Pág.: 147-151. República de Venezuela. Oficina Central de Estadística e informática. Caracas,1984.
  2. Anuario de epidemiología y estadística vital. Año 1981. Tomo III. República de Venezuela. Ministerio de Sanidad y Asistencia Social. Pág.: 340-365. Caracas. 1985.
  3. XI Censo general de población y vivienda. 20 de Octubre de 1981. Resultados de avance. Total nacional y entidades federales. Parte A. Pág.: 8-10. República de Venezuela. Oficina Central de Estadística e Informática. Caracas, Octubre, 1984.
  4. Anuario estadístico 1981, Tomo VII, Situación social. Sección 451. Pág.: 49. República de Venezuela. Oficina Central de Estadística e informática. Caracas, 1984.
  5. Beck AT, Steer RA, Kovacs M, Garrison B: Hopelessness and eventual suicide: A 10-year prospective study of patients hospitalized with suicidal ideation. Am J Psychiatry 142: 559-563; 1985.
  6. Fishbain DA: Suicide pacts and homicide. (letter) Am J Psychiatry 143:1319-1320; 1986.
  7. Gould MS, Shaffer D: The impact of suicide in television movies. Evidence of imitation. N Engl J Med 315: 690-693; 1986.
  8. Fowler RC, Rich CL, Young D: San Diego suicide study: II. Substance Abuse in Young Cases. Arch Gen Psychiatry 43:962-65; 1986.
  9. Goethe JFvon: Los sufrimientos del Joven Werther. Aguilar, S.A. de ediciones. Madrid. 1962.
  10. Holinger PC, Offer D: Prediction of Adolescent Suicide: A Population Model. Am J Psychiatry 139: 302-307; 1982. 
  11. Otto U: Suicidal acts by children and adolescents. A follow-up study. Acta Psychiatrica Scandinavica (Suppl.) 233, 1972.
  12. Phillips DP, Carstensen LL: Clustering of teenage suicides after television news stories about suicide. N Engl J Med 315: 685-689; 1986.
  13. Rich CL, Young D, Fowler RC: The San Diego suicide study: I. Young vs. old cases. Arch Gen Psychiatry 43: 577-582; 1986.
  14. Ritson B: Alcoholism and suicide. En Alcoholism, New knowledge and New Responses. Ed. Griffith Edwards y Marcus Grant. Pág.: 271-278; Croom Helm, London. 1977.
  15. Wilentz A: Teen Suicide. Two death pacts shake the country. Time, march 23: 12-13; 1987.

Psiquiatría y las artes escénicas

(Ensayo escrito en mayo de 1997 para ser publicado bajo el título: "Psiquiatría y las artes escénicas." En el libro El arte de la medicina en el arte. Capítulo 6. Editor: Federico Fernández Palazzi. Editorial ATEPROCA C.A. 2003. Caracas, Venezuela.)

“Ningún gran artista ve las cosas tal como son en realidad.
Si las viese así, dejaría de ser un artista.”
Oscar Wilde.


Esta frase aguda y crítica de Wilde (11), describe bien lo que es la esencia del artista en cuanto a su percepción del mundo y su voluntad de vivir. No se trata de que el artista por definición tenga una percepción alterada y enferma del mundo. No, la descripción de Wilde implica un ángulo de visión, un lado, una coloración, una interpretación o una vivencia diferente y un deseo irresistible de llevar esa apreciación a sus semejantes, no de convencerlos o someterlos a sus percepciones, no, solamente de representárselas, de mostrárselas, de vivirlas ante él; con la probable intención, por supuesto, de que el espectador, tan sólo por ese instante, sea como él, vea las cosas como él, disfrute o padezca como él. No es un problema de quién tiene la razón o la percepción más real o cercana a la realidad. Es, simplemente, un compartir con los demás esa forma de percibir tan humana y tan vivida, pero tan diferente. A decir de otro gran dramaturgo, Jean Anouilh (2): “La vida es muy buena, pero le falta forma. La meta del arte es darle alguna.”

Así pues, partiendo de estas condiciones descriptivas del artista y del arte, del creador y del ejecutante, centrándonos en las artes escénicas, tendremos que aceptar para nuestro tema, que los artistas, seres humanos iguales a los demás, son personas que aprecian las realidades de la vida con una coloración intelectual y afectiva distinta a la de los demás, y sienten, como decíamos antes, la necesidad de mostrar su vivencia.

Tenemos que añadir que disfrutan y se enriquecen del reconocimiento de los demás, y que la expresión de su arte exige el más alto nivel de experticia. De ahí la necesidad del aplauso y de la práctica incesante y agotadora.

Los artistas en general y los ejecutantes en especial, ocupan un lugar muy prominente y vulnerable en la sociedad, enriqueciendo nues¬tras vidas con bellas y originales actuaciones, siendo objeto de enorme demanda pública y motivo de reverencia, cuando no idolatría (7).

Es obvio, que las personas con ese tipo de sensibilidades o percepciones especiales, no son frecuentes. Eso explica por qué hay siempre nuevos artistas jóvenes y por qué hay, cada vez más, nuevos artistas maduros e incluso viejos, pero pocos nuevos ar¬tistas entremedio. En el primer caso por lo innato, para algunos, de sus habilidades y en el segundo caso, por haberse deslastrado a través de los años, de patrones rígidos y sin brillantez de formas aperceptivas, así como de falsas y reticentes vergüenzas. La edad, entre otras cosas, libera al hombre de condicionamientos socioculturales limitantes y estimula su pensamiento y la manifestación de sus afectos. En este sentido, cabe citar los estu¬dios sobre creatividad y desarrollo artístico de Grotjahn (5), quien habla de la “disminución de la resistencia y el au¬mento de la introspección en la edad madura”, y los de Maduro (6), quien describe a los artistas creativos como “más abiertos” a “los ava¬tares del caos interno y la intuición pura y a la concepción, con el envejecimiento”.

No es extraño oír del artista que era bueno en su juventud y extraordinario y creativo en su vejez.

Siguiendo con el tema propuesto por Wilde, tenemos que llegar a la conclusión, de que si a los artistas les lleváramos a ver las cosas como realmente son, no tendríamos arte en ninguna forma, sino una suerte de reporterismo pragmático, absolutamente frío, distante, aislado, concreto.

Quizás podamos ya extractar una primera conclusión de lo dicho hasta ahora: ser artista implica al menos, ser una persona con afectividad grande, capaz de emoción, de sentimientos de variada calidad y fuerte intensidad. Debe ser casi imposible ser artista si no se tiene afecto.

Por supuesto que aquellas personas que presentan afectos intensos y variados al extremo de lo patológico, a quienes llamamos enfermos afectivos, tendrán afinidades por las artes. ¿O será que los artistas cuando enferman tenderán más a hacerlo como enfermos afectivos, es decir, psicosis afectivas: depresión, distimia depresiva, enfermedad maníaco-depresiva o bipolar o enfermedad esquizoafectiva?

Pues sí, muchos estudios han demostrado que entre los artistas la frecuencia de enfermedades afectivas es grande y que estas enfermedades, que además son hereditarias en muchos casos, se observan en el grupo familiar, tanto como se observan miembros de la misma familia que son tambien artistas. Esto es particularmente notorio entre los escritores y algunas familias de actores (8).

No siempre las enfermedades afectivas se muestran como estados de tristeza, delirio y alucinaciones o de exitación maníaca, otras veces se aprecian sólo signos externos, en apariencia no relacionados, pero que hoy día conocemos de su comórbida relación con la enfermedad de base, tales son el alcoholismo, la adicción a medicamentos psicotrópicos y a drogas de abuso.

Por supuesto que esta situación no es desconocida para las autori¬dades sanitarias de algunos países, como los Estados Unidos de Norteamérica, donde, en esta última década, se han visto apa¬recer progra¬mas de ayuda y asistencia sanitaria para muchos tipos de poblaciones en riesgo, y entre ellas la de los artistas de la escena: músicos, cantantes, actores y bailarines. Teniendo estos programas como meta principal el ayudar a estas personas a enfrentar adecuadamente el estrés tan particular que se genera en sus tan especializadas ocupacio¬nes.

Entre estas fuentes permanentes y generales de estrés encontramos en primer lugar, el estudio y el entrenamiento, que para algunos artistas dotados de enorme talento y para otros más tesoneros y decididos que talentosos, puede resultar en aislamiento y descuido de sus personas, sobre todo en aquellos casos en que tal cosa sucede en la niñez o la adolescencia temprana, cuando la educación escolar y la socialización con su mismo grupo de edad, es necesaria y puede en virtud de la disciplina e intensidad del entrenamiento artístico, ser dejada de lado. Muy serio puede ser, también, el abuso y consecuente lesión de ciertas partes corporales.

En segundo término, está la competitividad, tanto en concursos oficiales y privados, como personal. La competitividad puede, en razón de su intensidad y apasionamiento, generar o reforzar rivalidades y también el miedo al fallo o al fracaso.

Como tercer factor de estrés, encontramos a la variabilidad de los gustos e intereses del público y de los críticos, siempre cambiantes y exigentes. Ellos puede hacer de los artistas víctimas dolorosas de la moda y las costumbres, cuando no de la veleidad y el capricho.

En cuarto lugar, consideraremos la ansiedad de expectación o anti¬cipatoria, a la cual se encuentran los artistas sometidos con fre¬cuencia. Esta ansiedad de expectación tambien puede reclamar su parcela de malestar, al igual que la exitación por la actuación.

Estrés, es la palabra que generalmente utilizamos para definir la presión que impone a nuestro organismo atravesar por las circunstancias antes mencionadas y otras, cuya característica principal es que alteran más o menos súbitamente nuestro modo de vivir, tanto para bien como para mal. Tanto monta perder un millón como ganarlo. Tanta presión puede imponer al individuo vivir y mantenerse en la cresta de la ola del éxito, como hacerlo en la profundidad de la incertidumbre y las carencias. Aunque, cierta¬mente, la paz puede alcanzarse en am¬bas posiciones.

Nuestra respuesta orgánica ante el estrés puede ser desde un dolor de cabeza, asma, úlceras duodenales, hipertensión arterial, picazón, caída del cabello, hasta una tendencia aumentada a sufrir accidentes o iniciar o agravar enfermedades inmunológicas. Nuestra respuesta psíquica puede ser desde la ansiedad, el miedo o la tristeza y el desánimo, hasta la depresión, el aislamiento, la desesperanza o el desorden del pensamiento y la ausencia o abundancia de ideas y emocio¬nes.

En pocas actividades puede ser tan importante como lo es en las artes escénicas, la mezcla de individuos afectos a la disciplina, el orden, la organización, la estructuración y la puntualidad, con aquellos otros, que tambien llenos de energía desbordante y entusiasmo, luchan por el aprecio y búsqueda de nuevos retos, hacen gala de la aplicación de soluciones creativas y espontaneas para los problemas, sienten inmensa necesidad de contacto con los demás, y disfrutan espontáneamente de sentirse libres de las rutinas y del papeleo, así como de la organización de los detalles y de programas rígidos de trabajo.

Por su afinidad al segundo grupo de estas condiciones definimos a una persona con trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Trastorno omnipresente entre los artistas y sus familias (3,4), productor de grandes y efímeros éxitos profesionales, y aparejador de grandes problemas sociales y económicos, como el alcoholismo y la drogadicción.

Como hemos venido viendo a lo largo de esta breve charla, el artista de la escena en su vida privada, forma parte de un heterogéneo grupo de personas a quienes llamamos población en riesgo de presentar alteraciones o enfermedades mentales. La frecuencia de éstas alteraciones es grande, sobre todo en lo que respecta a la presentación de enfermedades de tipo afectivo, psicóticas o no, como las depresiones o la enfermedad maníaco-depresiva. Asociadas a éstas vienen en alto porcentaje, las adicciones a drogas, alcohol y medicamentos. También son frecuentes los trastor¬nos por déficit de atención con o sin hiperactividad y finalmente el gran productor de enfermedades de la era moderna: el estrés.

No hay una Psiquiatría especial para los artistas de cualquier tipo. Tampoco hay tratamientos específicos ni especiales.

No hay enfermedades propias del artista.

Lo que sí hay es un riesgo aumentado de padecer ciertas enfermedades psiquiátricas, y/o alteraciones de la conducta y de la homeostasis, que se asocian al tipo de vida y a la herencia.


Bibliografía:
  1. American Psychiatric Press Textbook of Psychiatry. Editado por Robert E. Hales, Stuart C. Yudofsky, y John A. Talbott. 2ª ed. Washington, DC, American Psychiatric Press, 1994.
  2. Anouilh J. El Ensayo. 1950
  3. Biederman J, Faraone SV, Keenan K, Knee D, Tsuang MT. Fa¬mily-genetic and psychosocial risk factors in DSM-III attention deficit disorder. J Am Acad Child Adolesc Psychiat 29: 526-533; 1990.
  4. Cook EH, Stein MA, Krasowski MD, Cox NJ, Olkon DM, Kieffer JE, Leventhal BL. Association of attention-deficit disorder and the dopamine transporter gene. Am J Hum Genet 56:993-998. 1995
  5. Grotjahn M. Analytic psychotherapy with the elderly, I: sociological background of aging in America. Psychoanal Rev. 42: 419-427; 1955
  6. Maduro R. Artistic creativity and aging in India. Int J Aging Hum Dev. 5: 303-329; 1974
  7. Ostwald P. The “God of the Dance”: Treating Nijinsky’s Manic Excitement and Catatonia. Hospital & Community Psychiatry. 45: 981-985; 1994
  8. Schildkraut JJ, Hirshfeld AJ, Murphy JM. Mind and Mood in Modern Art, II: Depressive Disorders, Spirituality, and Early Deaths in the Abstract Expressionist Artists of the New York School. Am J Psychiatry.151:482-488; 1994
  9. Treatments of Psychiatric Disorders, 2nd Edition, Volumes 1 & 2. Gabbard GO, Editor-in-Chief. Washington, DC, American Psychiatric Press, 1995.
  10. Vallejo-Nájera JA. Locos Egregios. Mediciencia editora C.A. XV edición. Caracas, 1985
  11. Wilde O. La decadencia de la mentira. (Observaciones). Ensayos. Obras Completas. Recopilación y tradución de Julio Gómez de la Serna. Aguilar, S.A. de Ediciones. IV edición. Madrid, 1951

domingo, marzo 06, 2011

Lo psíquico y la evolución cultural del venezolano

(Ensayo impreso con el título de “Lo Psíquico cultural”,
constituyendo el capítulo XXXII del libro “Aproximación a nuestra cultura”
publicado por la Fundación Venezuela Positiva en Caracas en 2011)

Caracas, 5 de mayo de 2010


Introducción

He escrito para ustedes y para mí, en el eco del pensamiento, un ensayo altamente especulativo sobre aquello que llamamos “lo psíquico” y que entendemos a través de disciplinas tales como la psicología y la psiquiatría. Lo haremos en referencia a los venezolanos o, mejor dicho, a quienes habitaron y habitan esta tierra que Cristóbal Colón, en su ambición de hacer patria, poder y riquezas, llamó: “Tierra de Gracia”.(1)

Este escrito es necesariamente especulativo, puesto que los conocimientos arqueológicos, históricos, literarios y de tradición oral, no son suficientes para informarnos de lo más hondo del psiquismo de nuestros ancestros locales; menos aún sobre las verdaderas alteraciones de la psiquis y sus posibles tratamientos.

La cultura de una nación como Venezuela es difícil diferenciarla de las culturas de los países aledaños o de la de los distintos grupos de inmigrantes que nos han poblado y, menos aún, cuando la cercanía comunicacional permite influencias desmedidas de otras culturas, que terminan siendo una amalgama de aspectos religiosos, artísticos, políticos, sociales y económicos, que participan en medida variable en el caldo cuyo sabor actual llamamos “cultura venezolana”.

Si hoy nos sentimos amenazados e influenciados por aspectos culturales extraños a nuestras costumbres, ni que decir del siglo XVI y la conquista por parte de los españoles, o del segundo tercio del siglo XX, cuando la influencia norteamericana tuvo tanta incidencia en nuestro desarrollo educacional y cultural.(2)

Las costumbres y modos de pensar españoles y franceses influyeron en la vida colonial hasta principios del siglo XX. Las culturas propias de los esclavos traídos de la costa occidental de África se imbricaron de tal manera con la cultura indígena que pasaron a ser una sola, amalgamada en su totalidad y de gran fuerza moral y religiosa, sobretodo al mezclarse con las influencias europeas cristianas profesadas, enseñadas e impuestas por los conquistadores.

Que los indígenas tuvieron influencias culturales de otras culturas anteriores a las impuestas por la conquista, es un debate interesante aún no resuelto del todo, a pesar de las muchas teorías al respecto. Es lógico pensar en un mar Caribe navegado por indígenas de otras costas que arribasen a Venezuela y viceversa. De hecho, sabemos que los caribes en la época del inicio de la conquista, estaban en guerra con los taínos que habitaban la isla que llamó Colón “La española”. Es segura la influencia en todas las islas caribeñas de la interacción entre caribes, mayas y taínos. Todos con el mismo origen (Amerindios) pero desarrollos culturales diferentes, como en el caso de los indígenas que habitaban las zonas del centro y norte de Venezuela que incluía entre otros a los cumanagotos, guaiqueríes, palenques, caracas, teques y los quiriquires, todos ellos pertenecientes al grupo del lenguaje caribe. Los indígenas que habitaban la costa occidental, la zona del lago de Maracaibo y las estribaciones de los Andes, pertenecían al grupo de lenguaje arahuaco al igual que los taínos de la isla La española. Quizá nuestros indígenas más antiguos, los representados en Taima-Taima, pertenecientes al mismo grupo de lenguaje arahuaco, que llegaron en oleadas desde el sur del continente, varios milenios antes que los caribes, se pudiesen separar del resto, debido a su asentamiento más antiguo que los otros pobladores y también por su menos destacado desarrollo cultural.

Ciertamente, estamos acostumbrados a absorber y digerir diversas influencias culturales. Nuestra mimetización es proverbial. El acercamiento a los modos de ser, actuar, pensar y desenvolverse de aquellos cuyas culturas vinieron a entremezclarse con la amalgama ya presente, es muy intenso y ha llegado hasta el punto de la caricatura cultural. Somos o fuimos más españoles que los españoles, más gringos que los estadounidenses, más mejicanos que los mejicanos, más cubanos que los cubanos y, por cierto, más capitalistas que los capitalistas, más socialistas que los socialistas y más papistas que el papa. Somos pues, muy proclives a absorber nuevos modos y maneras. Nos adaptamos magníficamente bien a lo que sea: ambiente, política, economía, carencias, abundancias, tecnologías, etc.

Esta visión general de un pueblo culturalmente homogeneizado y rápidamente adaptable a las circunstancias y al medio ambiente, ha hecho del venezolano un personaje cuya evolución cultural es constante y cambiante. Su determinación como ciudadano es igualmente cambiante, tanto, que de una década a otra puede parecernos el contacto con los venezolanos como correspondiente a una Venezuela distinta cada vez.

Nuestro gentilicio permanece, pero nuestros modos cambian rápidamente. Nos adaptamos velozmente a lo que sea e, igualmente, volvemos a cambiar para buscar una nueva adaptación. Es por eso que las instituciones no permanecen largo tiempo en vigencia y nos cuesta tanto proveer el mantenimiento adecuado y permanente a las estructuras básicas del país. Lo permanente no lo entendemos, aunque lo deseemos. Lo provisional nos gusta, lo aceptamos y lo hacemos permanente, dentro del contrasentido que significa el tiempo para quienes no tenemos la paciencia de llevarlo, pero si contarlo como un cuento y no como un escalera de sucesos encadenados, cuya vigencia deja la estela de la historia.

El aceleramiento de la historia, nos afecta mucho a los humanos, aunque seamos los protagonistas únicos. Quizá, al venezolano le afecte menos. Algunos ejemplos ilustran este punto. La electrónica moderna nos ha cautivado de tal manera que aún siendo un país empobrecido y con carencias enormes, el volumen de teléfonos celulares y entre ellos los más caros y sofisticados, es el más alto del mundo, proporcionalmente a la población. Lo mismo pasa con Internet y los medios de intercomunicación social tipo “facebook” y “tweeter”.

En resumen, los venezolanos aprendimos desde que el mundo nos acogió en esta parte del planeta, a vivir y adaptarnos rápidamente, a sobrevivir las vicisitudes y las diferentes invasiones culturales. Hemos sumado y nos hemos adaptado. Variopinto el origen de nuestros modos culturales, pero más o menos uniforme el resultado.

Tenemos que convivir con lo que somos y eso hacemos. Mal nos vendría tener que vivir a la fuerza en modos culturales alejados de nuestra idiosincrasia. Ya que, en constante evolución, no hemos parado ni pararemos de mezclarnos y amalgamarnos hasta conseguir esa textura, color, sabor, aroma y musicalidad que nos define como venezolanos.

Pretender volvernos obsecuentes y sumisos o agresivos y violentos, no es posible. Ya lo fuimos. Cuando indígenas, luchamos denodadamente y perecimos, luego nos plegamos y también nos mataron. Con quinientos años de memoria histórica, sabemos que ni la guerra ni la sumisión son caminos.

Lo que debemos tener presente es que, ninguna nación es mejor ni le va mejor; ninguna cultura es mejor ni es más adecuada al país que tenemos y a la nación que somos.

Somos el resultado de lo que quisimos ser y vernos como la consecuencia de determinismos fatalistas propios del positivismo de siglos pasados, no sólo es inadecuado e injusto como explicación, es también limitante y desesperanzador como oportunidad de futuro. Todo es dinámico y en permanente evolución. No se nos adormece la paciencia, ni se nos acaba el fuelle o la gasolina, menos aún la creatividad, la energía vital o el deseo de superación. Nuestras esperanzas siguen incólumes, como siempre estuvieron. De cada escollo haremos lo mejor y de cada desgracia un aprendizaje de fortaleza y de optimismo. Nuestro ánimo seguirá como siempre, pleno y alegre.

Para entender mejor el desarrollo de nuestros aspectos psíquicos ligados a la cultura, y por ende a la salud, viajaremos en la historia en seis jornadas, según fue propuesto por el psiquiatra Dr. Manuel Matute.(3) Una primera que corresponderá al periodo anterior al inicio de la conquista, otra cuyo inicio es la conquista y que se prolongará hasta 1874, una tercera jornada hasta 1924, un cuarto periodo desde 1924 hasta 1942, cuando se inicia la quinta jornada de esta historia que cederá el paso en los años ochenta del siglo pasado a nuestra actual actitud psicológica y a la atención psiquiátrica actualizada y moderna que poseemos.


Actitud precolombina (–1492)

Por los cronistas de la época de la conquista, sobretodo aquellos del inicio, como Juan de Castellanos, quien llega a América 50 años después del descubrimiento, sabemos que entre los indígenas habían tribus nómadas, sin asentamiento mínimo y sin normas de convivencia, y grupos sedentarios con asentamientos organizados y productivos. También describe en detalle la ingenua desnudez y la deslumbrante belleza de las mujeres indígenas, así como los aparatosos y vistosos atavíos de guerra que usaban los varones. En versos terribles describe los horrores de la conquista y los salvajismos de atacantes y defendidos. Particularmente impresionantes resultan los relatos de los ataques de los perros de guerra traídos por los españoles y los dolorosos estragos causados por las flechas envenenadas y las cauterizaciones de heridas con hierros ardientes. Admira el valor del indígena, lamenta el creciente número de guerreros caídos y el terrible y desconsiderado destino como esclavos de los vencidos.(4)

Para el momento del primer viaje de Colón a América, los indios caribes estaban en guerra, en plena ejecución de sus planes de conquista y expansión, como siempre lo hicieron, con sus parientes lejanos los taínos de las islas del norte del mar Caribe. Los caribes eran altos, fuertes y muy versados en las artes de la navegación y de la guerra.(5) Eran poco estructurados políticamente, igualitarios no reconocían castas ni jerarquías, aunque en momentos de emergencia bélica escogían un conductor o Cacique. Cultivaron la yuca y hacían el casabe. Pescadores, cazadores y recolectores, también alfareros y comerciantes, llevaban su cultura a otras islas y absorbían otros modos culturales con facilidad. No poseían y todavía no lo poseen, sentido de la propiedad individual. El uso colectivo de instrumentos, aparejos de guerra, botes, utensilios y viviendas, era la regla. Probablemente la promiscuidad era una necesidad biológica aceptada por las comunidades y la homosexualidad era parte natural de la convivencia. Sentían mucho respeto y admiración por las personas mayores, girando la estructura familiar alrededor de las madres. No eran maliciosos ni suspicaces, tampoco rencorosos ni vengativos, pero sí guerreros.

Fueron, como todos los indígenas de la época, acusados de canibalismo y seguro que lo practicaron sin tantas explicaciones sobre los porqués del canibalismo, ni sobre la transferencia de poderes, fuerzas y energías de los enemigos caídos; probablemente lo practicaron como necesidad biológica de ingesta de proteínas animales o como acto ceremonial ritual triunfalista en las guerras, sin más.(6) También pudo deberse la exageración en las descripciones de canibalismo hechas por los cronistas de la conquista, a que el Rey de España prohibió que se esclavizara a los indígenas, a quienes habían declarado humanos en la Santa Sede y en consecuencia obligó a los terratenientes que les tenían esclavizados a devolverles a sus tierras originarias, pero esta cláusula perdía su vigencia si se trataba de indios que practicaran el canibalismo.
Respecto del canibalismo, también es importante acotar que algunos grupos indígenas, entre ellos los caribes, cuando moría uno de ellos, luego de cremarlo, mezclaban sus cenizas con plátano majado y se comían la mazamorra resultante. Otra forma de canibalismo, esta vez con probable sentido mágico y trascendente.
Otros grupos caribes de tierra firme, como los palenques, eran también aguerridos y temerarios a la hora de defender sus cosechas, territorios o bestias. Muy vengativos, asimilaron rápidamente el odio, el miedo y la rabia ante la desproporción bélica con los conquistadores, pero además por transculturación por el contacto comercial y hasta bélico, con tribus del tronco lingüístico arahuaco, llegaron a establecer ciertos niveles de jerarquías y organización comunal con centralización política y económica, bajo la dirección de caciques y jefes locales y militares.

Estos pueblos primitivos sur americanos, eran animistas, musicales y fantasiosos. Algunos habían desarrollado máscaras grandes muy elaboradas y adornadas con plumas de colores para ser utilizadas en ceremonias y festividades. Los adornos corporales iban desde las pinturas geométricas simples con onoto, carbón o barros coloreados, en la piel de brazos cuello y cara, hasta la deformación craneal con aplastamiento lento y progresivo con tablillas frontales y occipitales amarradas con presión creciente.

La atención a los males del cuerpo y del espíritu era brindada por el “piache”, figura de características chamánicas que fungía de curandero, iluminado o brujo, quien encarnaba a la vez al médico corporal y al sanador espiritual, en contraposición al dualismo europeo cuerpo/alma, que exige la existencia del médico y del sacerdote. El médico indígena era por lo general orientado a su tarea desde pequeño y formado en la sabiduría chamánica toda su vida, combinando siempre el saber astrológico, herbario, anatómico, fisiológico y espiritual con los conceptos de cosmogonía, de equilibrio ecológico y de las interacciones y fuerzas sociales, familiares y personales en juego en la comunidad a la cual pertenecía.(7)

Ventajas innegables a la hora de afrontar al enfermo, ya que la concepción unitaria del enfermo y el enfermar, del mal del cuerpo y del padecimiento del alma, como uno sólo e indivisible, permitía exaltar la confianza en el curador, la seguridad en la cura, la paz en el ánimo y el bienestar en el cuerpo y por ende, el uso de medicamentos llevaba aparejado la seguridad y la confianza en el éxito, condiciones importantísimas para estimular la búsqueda de nuevos horizontes terapéuticos y exploraciones con nuevas sustancias. De hecho, el uso de sales, piedras molidas, hierbas, savias, cocimientos y extractos de animales y vegetales especiales, como venenos o como curativos, era muy frecuente y hasta avanzado.

Es importante destacar el uso de drogas estimulantes y alucinógenas por parte del piache y los chamanes en general. En Venezuela el uso del “yopo” insuflado por otro a través de un canuto, es típico de las ceremonias chamánicas y festividades indígenas. En otras partes de América del sur, usaban y usan la coca, como estimulante y anestésico. Entre nosotros el uso de venenos como el curare, era motivo de pavor entre los conquistadores y también entre los adversarios naturales. Buenos cazadores, desarrollaron la cerbatana y los venenos en las puntas de flechas, básicamente para la cacería, protección de cosechas y asentamientos y, también, para la agresión bélica y dominación del enemigo.(8,13)

Desde el punto de vista de las personalidades de estos aborígenes locales, debemos concluir en que, al menos los caribes, eran muy centrados en sí mismos, se creían bendecidos por la naturaleza y sus dioses y pensaban que sólo ellos y sus comunidades eran merecedores de vivir bajo el cielo. “Sólo nosotros somos gente” (“Ana karina rote” en lenguaje caribe), era más que un grito de guerra hostil y por tanto, pensar que sólo ellos son humanos, fue fuente permanente de desagrados, incomprensiones, agresiones y defensas cargadas de violencia, rabia, revanchismo, afán de dominación con desprecio por la condición humana del contrario y claramente xenófobo.(9)

Algunas actitudes morales estaban fuertemente condicionadas por las circunstancias del medio ambiente. Tenemos pocas noticias al respecto, pero parece que algunas de esas actitudes que vemos suceder en otros pueblos, bien podrían haber sucedido entre los habitantes de los pueblos indígenas venezolanos. Por ejemplo, se conoce la historia gráfica de un indio Tarascán de las montañas del México occidental, que manda a matar a golpes a su hijo que se ha escapado del cautiverio y muerte segura a que habría sido sometido por una tribu rival; el argumento del padre era que su hijo con deshonor no había afrontado lo que le tocaba vivir.(10) Sentido del deber, honorabilidad y disciplina, así como autoridad indiscutida y extrema en su aplicación que desde luego era practicada también en esta parte del continente americano.

Para la época inmediatamente anterior al inicio de la conquista ya habían fuertes lazos comerciales entre los pueblos americanos.10 Similares influencias culturales, técnicas, económicas y sociales, fueron aprendidas de los Chibchas por los indígenas en las zonas de los andes venezolanos, intercambio importante, sobretodo por el avance de la agricultura. También hay pruebas suficientes de los intercambios comerciales de alfarería y objetos de guerra a todo lo ancho y largo del mar caribe, incluyendo la isla de Guadalupe y la península de la Florida.

Paralelamente, en Europa habían sucedido algunos avances en el diagnóstico y tratamiento de los trastornos mentales y del comportamiento, tales como la instalación de los primeros hospitales psiquiátricos o manicomios, uno de los cuales fue el de Valencia en España, fundado por el padre Jofré en 1410. Movimientos de atención hospitalaria al enfermo mental psicótico, que aparecían en Europa por la primera vez, pero que habían sido ya establecidos en el medio oriente desde el 792, fecha en que se funda el primer hospital mental en Bagdad. Hasta ese momento los locos eran considerados como poseídos del demonio o embrujados y en el peor de los casos como personas malas, merecedoras de los peores castigos como la hoguera o la cárcel. En muchos casos que no revestían tal gravedad, los locos andaban en las calles viviendo de la escasa caridad pública y siempre en situación de abandono total, a ellos apuntaba la creación de esos manicomios. Por cierto y como curiosidad, recordaremos que en 1405 se autorizó la asistencia a los orates en el Hospital de la Santa Cruz de Barcelona en España, que era un hospital general; hecho muy significativo, pues se trata de la primera atención documentada en un hospital general de pacientes que hasta el momento, como creencia general, no se les consideraba enfermos.(11)


Actitud colonial (1492 – 1874)

El esbozo de actitudes indígenas precolombinas que hemos narrado, permaneció casi inalterado los primeros años de la conquista. Luego de algunos años y muchos episodios de destrucción mutua, aniquilación entre conquistadores y conquistados, comienzan a cambiar las cosas y a modificarse la actitud indígena. Los conquistadores se dan cuenta de que la conquista no va a ser fácil, ni rápida y mucho menos barata, tampoco se obtendrán las riquezas soñadas, ni las exigidas por Colón o la corona española. Para colmo, además de la ferocidad indígena durante la lucha y la constante resistencia ante el conquistador, las penurias, las dificultades para el traslado por tierra en medio de las exuberantes vegetaciones, la plaga y las enfermedades tropicales, se topan con que sus médicos, cuando los habían, no tenían ni la experiencia ni la preparación de la cual hacían gala algunos de los curanderos o médicos tradicionales indígenas y vergonzosamente se ven necesitados de recurrir a los curanderos locales para el alivio de dolencias, fiebres, supuraciones, abscesos, suturas de sus heridas de guerra, arreglo de sus huesos fracturados o alteraciones digestivas, respiratorias, urinarias y mentales o espirituales.

En este período comienzan a aparecer cambios muy fuertes en las actitudes de conquistadores y conquistados. Los primeros, al sentir la fuerte resistencia, que nunca pensaron ver, se sienten obligados a incrementar aún más la fuerza bruta empleada hasta el momento, llegando incluso al genocidio como medida de dominación, amedrentamiento y definición final de lealtades. Sus ánimos se alteran mucho, se excitan con las espantosas carnicerías que suelen resultar a consecuencia de los ataques de los indígenas. Se sobresaltan al vivir en constante vigilia pendientes de un posible ataque de los indígenas. Al no conocer el medio ni la botánica, no les era posible diferenciar ni encontrar hierbas medicinales y alimentos vegetales. Pasan hambre, sus vestiduras se destruyen lentamente, sus calzados se disuelven entre el calor, la humedad, el terreno y el mucho andar. La falta de recursos y la escasez de ayudas prometidas que nunca llegan, minan su confianza y las victorias ante los indígenas se convierten paulatinamente en victorias pírricas que muestran más las desgracias y las necesidades no satisfechas que las riquezas prometidas al inicio de la conquista.

A ese cuadro tétrico del lado conquistador, se le opone otro cuadro igualmente tétrico, pero más esperanzado, en el lado conquistado. Aún considerando, como de hecho debemos hacerlo, que para los indígenas americanos la conquista fue una catástrofe súbita y desmedida y que la respuesta usual de los humanos ante tales situaciones de desastre suele ser un severo estado de desorganización, con desordenes conductuales de todo tipo, que van desde la simple impresión paralizante hasta la rabia más inaudita, pasando por la acuciante angustia de expectación y por el pánico paranoide de un nuevo ataque o de la destrucción de la comunidad, se le vino a sumar, casi inmediatamente, la esclavitud. Comienzan así los asentamientos de europeos para la producción agrícola y pecuaria y luego para la minería, que traen la inmediata necesidad de la mano de obra y ninguna más barata que la esclavitud, dando origen a las encomiendas en América. Ahí se centra para el indígena la vergüenza al ser llevado con cadenas al sufrimiento de la esclavitud.

Ese choque anímico que se produjo como un terremoto sin final para los indígenas, cocinó en el espíritu de aquellos que permanecían libres, conductas de revanchismo, exaltación del gentilicio, defensa de sus territorios y costumbres y exacerbó el arrojo y temeridad de los guerreros, dándose entonces tantas gestas heroicas como las que narran los historiadores. Se reavivaron las llamas de la guerra y se enfocó esa energía en contra de los conquistadores. La situación llegó a ser tan desesperada para los indígenas que estos en ocasiones se aliaron con los franceses y con los ingleses para atacar, destruir y saquear posesiones, pueblos y ciudades, como sucedió con Santo Tomás de Guayana, arrasada por Walter Raleigh en 1617, con ayuda de caribes que luego dejó en la isla de Trinidad.(12)

Al mismo tiempo y ante la escasez de mano de obra, se inicia el tráfico de esclavos africanos. Nueva cultura, disímil en extremo, se añade a la española que comenzaba a introducirse en el ambiente americano. Otro choque cultural más en muy poco tiempo. Esta vez, con personas con quienes identificarse en su sufrimiento y penuria era fácil para el indígena.

Simultáneamente a la llegada de los conquistadores primero y los barcos cargados de africanos esclavizados, posteriormente, llegan también enfermedades epidémicas que sumadas a las locales como el paludismo, diezman la población de blancos, indios y negros. El vómito negro, la viruela y el sarampión, hacen estragos y contra ella sólo se ofrecen rogativas públicas a Santa Rosalía. En algún momento se estableció que tan sólo el sarampión y la viruela acabaron con un tercio de la población de la Capitanía General de Venezuela.(13)

Los médicos, cirujanos, barberos y otros curiosos dedicados al arte de curar, venidos del viejo continente o surgidos en América, se nutren de los conocimientos indígenas y los ponen en práctica. Son similares las actitudes profesionales curativas expuestas por los curanderos de aquí y los de allá. A las pócimas y remedios fantásticos de este lado del océano se le oponen preparaciones similares al otro lado del mar. Tanto que los tratamientos tradicionales de los piaches, basados en el uso de ‘humos, soplos y bramidos”, así como chupar y lamer heridas, úlceras y otras lesiones y el mambeo o masticamiento de la coca con cal, que produce una salivación abundante que es utilizada como anestésico, son rápidamente adoptados por los curiosos prácticos en medicina salidos de las filas de los europeos.(14)

Otro tanto sucede con los curanderos locales, que absorben algunas prácticas quirúrgicas y médicas, así como el uso de pócimas, hierbas y elementos curiosos de la naturaleza a los que se les consideraba dotados de propiedades curativas o al menos paliativas. Como ejemplo mencionaremos el uso de la piedra bezoar, nombre derivado de una antigua palabra persa que significa “defensor contra el veneno”, que es una “concreción calculosa que suele encontrarse en las vías digestivas y en las urinarias de algunos mamíferos, y a la que se atribuyeron propiedades curativas”.(15) Esta afamada piedra se utilizaba mucho en el tratamiento de la melancolía y algunos males del corazón, en su sentido de órgano ligado a las emociones.(13)

En pleno siglo XVI, luego de la modificación de las leyes sobre los encomenderos (1542), dado que el individuo que no era aborigen no debía ser encomendado, los indígenas comienzan a buscar la manera de diluir su aspecto aborigen casándose o simplemente apareándose con criollos y blancos. Un paso más hacia la mimetización y posterior homogenización racial y cultural en la América actual.

Paralelamente, la iglesia católica venía exponiendo la cualidad humana del indio contra muchas opiniones con basamento filosófico aristotélico, tomista y de otras fuentes, cuestión que finalmente es zanjada por el Papa Pablo III, en 1537, cuando declara que los indios son humanos y debe formárseles e instruírseles en la fe cristiana y no ser esclavizados. Basados en la propuesta papal, el gobierno español y las distintas órdenes religiosas en América, practican la enseñanza de la fe cristiana, el castellano, aritmética, pintura y música, a los indígenas. De algunos de los religiosos que fueron maestros de indígenas y de otros, se recoge que a los indios se les consideraba, difíciles para entender, con dificultad manifiesta para la memoria, pero hábiles para la pintura, la música y el canto.(16) Aspectos que a mi entender muestran más una actitud oposicionista y prevenida ante los españoles, que inferioridad intelectual. En otras palabras, la información que debían compartir y practicar con los españoles era digerida con mucha dificultad, pero aquella que podían usar en la privacidad de su grupo familiar y cultural, la adoptaban rápida y plenamente.

Trecientos años tomó la gestación de la revuelta definitiva en contra del conquistador. Tres centurias de decantación de sentimientos de rebeldía y de búsqueda de la autonomía que les estuvo siendo negada por ese tiempo. Trecientos años que no terminaron nunca y que hoy siguen vigentes, pues las condiciones básicas de la estructura genética y cultural que llevó a los antepasados de esos seres a caminar en oleadas sucesivas desde el estrecho de Bering hasta la Patagonia y regarse por toda América hace más de 15.000 años, todavía están ahí y ahora además se le añaden los aspectos constitutivos de las raíces de los conquistadores españoles y portugueses y de los africanos que terminaron amalgamándose con los indígenas americanos y criando ese ser que es el criollo, que en nuestro país llamamos venezolano.

Definimos pues, desde el comienzo, a un personaje que tiene las facultades de soportar las desgracias con estoicismo, que no se amilana ante la adversidad, que espera su oportunidad y no desdeña la lucha y el enfrentamiento, que se sabe fuerte y resistente y que siente que vencer al enemigo implica su sustitución y convivencia, no el aniquilamiento. Por tanto, no es revanchista ni se sume en la desgracia, la infelicidad y los sentimientos de insuficiencia ante la fuerza brutal del conquistador. Permanece interesado en el ambiente, y comparte con su grupo su alegría que manifiesta, sobretodo, en la música y el canto.

El venezolano que se va gestando en la colonia, recibe la herencia cultural de los caribes que traspasan a sus descendientes la actitud igualitaria, no reconociendo jerarquías ni dominación alguna, además de no sentir envidia; recibe también el diario desprecio y aprovechamiento de su condición por parte de quienes sí se sienten superiores y con poder extremo sobre los demás. Generándose así una evidente y fuerte lucha de clases entre blancos, blancos de orilla, criollos, pardos, mulatos, negros e indios, que trae como consecuencia que se destaque cada vez más el afán “parejero” del venezolano y se disminuyan con el tiempo las diferencias.(17)

El venezolano criollo sabe que el ejemplo es la mejor escuela y busca emular a los mejores. Se identifica con personas y situaciones y al igual que en épocas pretéritas, precolombinas, siente que la comunidad es su necesidad y cada uno de los miembros responderán en su momento. Además reconoce que no se debe dejar manipular y que el desgaste del contrincante es su ahorro de energía. También sabe que el futuro no es ya, ni mañana, el futuro vendrá, con la paz y la serenidad que siempre hemos esperado los pueblos felices, aún en medio de tantas desgracias puntuales.

Las ansiedades que hemos descrito no definen un enfermo o una enfermedad, definen más bien una actitud expectante y el tratamiento único es la paciencia individual y colectiva.

En el siglo XVI comienzan a aparecer en Europa los primeros escritos sobre lo que sería posteriormente la psiquiatría. Son importantes en ese momento, la obra de José Luis Vives (1492–1540) en la que señala la influencia de los afectos y de los instintos en las alteraciones de la conducta humana; la obra de Paracelso (1493–1541) en la que rechaza la demonología como explicación a la enfermedad mental, propone la etiología psíquica de la locura y toma en cuenta la intervención de los factores sexuales en la génesis de la enfermedad; la obra de Johann Weyer (1515–1588) considerado el padre de la Psiquiatría y desde luego, el primer psiquiatra en ejercicio, en la que recomienda que aquellas personas que presentaban alteraciones de su conducta, que hasta el momento se consideraban producto de posesiones demoníacas, influencias maléficas o resultado de brujerías, fuesen llevadas en primer lugar al médico, ya que esas alteraciones eran enfermedades y no situaciones que ameritaban juicios religiosos o públicos y condenas por ser maleficios instaurados con voluntad del que los padecía.

Para comienzos del siglo XIX, en América latina y en concreto en Venezuela, se suceden los levantamientos y afirmaciones independentistas, cuya génesis fue estimulada por la revolución francesa (1789) y la independencia norteamericana (1776). En 1810 se inicia el movimiento independentista en Venezuela y al año siguiente, con la firma del acta de la Independencia, comienza la guerra que durará diez años, que acaba con al menos un tercio de la población del país y que en un momento dado enfrenta unos con otros a los venezolanos. En 1821, con la segunda batalla de Carabobo, finaliza la guerra, pero comienzan una serie de levantamientos y guerras internas que se prolongarán hasta 1903, cuando se da por terminada la Revolución Libertadora, finalizando así la última guerra en el país. Sacando la cuenta, con orgullo podemos decir que en este año bicentenario del inicio de la independencia de Venezuela, llevamos 107 años sin guerras internas o externas. Todo un record, para los estándares mundiales.


Actitud asilar (1874 – 1924)

La Psiquiatría, como especialidad médica asistencial, tiene su comienzo en Venezuela en 1874, cuando el Presidente de la República, Antonio Guzmán Blanco, decretó la creación del Asilo de Enajenados de Venezuela en Los Teques. Puede decirse que este fue el inicio de la asistencia pública organizada y sistemática al enfermo mental. Anteriormente, en 1810, había sido fundado un centro de atención a los enajenados mentales, primordialmente para mujeres, pero duró poco y tuvo escaso significado para el futuro de la asistencia psiquiátrica, pues el terremoto de 1812 destruyó sus instalaciones.(3)

El comienzo de la Psiquiatría como especialidad médica en esta tierra de gracia, no quiere decir que fuese una rama de la medicina practicada por médicos. Tampoco debe pensarse que la creación y funcionamiento del Asilo de enajenados de los Teques estuvo bajo la batuta de algún médico especializado en la materia o al menos de un médico graduado. De hecho, el Asilo de Enajenados de Venezuela, no contó con director alguno, hasta cuatro años después, cuando en 1878 nombraron un director que estuvo en funciones varios años, sin pena ni gloria. En 1884, durante el gobierno del General Joaquín Crespo, fue nombrado el Sr. Telmo Romero, soldado, barbero, comerciante ganadero sin ganado y viajante, quien aprendió el uso de hierbas y prácticas chamánicas en la Guajira y las expuso luego en un libro sobre salud con descripciones de tratamientos y recomendaciones, que llevaba por título: “El Bien General: Colección de Secretos Indígenas y otros que por medio de la práctica han sido descubiertos”. Conocimientos estos que fueron de gran utilidad a la familia del Presidente Crespo, quien impresionado y agradecido por el tratamiento aplicado a su hijo, lo nombró en la dirección del asilo de Los Teques. Quizá esa impresión tan profunda que causó Romero en el Presidente se debió a que el propio General Crespo era hijo de un famoso curandero yerbatero y por tanto les tenía en alta estima. Telmo Romero curó en dos meses 20 enfermos y en los meses posteriores, 6 más y les dio de alta luego que las curaciones fueran avaladas por dos médicos enviados desde Caracas para certificarlas, lo cual fue publicado en la Gaceta Oficial de la República de Venezuela, con fotografías del propio Telmo Romero en la parte central, portando sus condecoraciones, rodeado de los 26 orlados ex–enfermos. En total, en dos años, dijo que había curado 41 de sesenta pacientes que hubo en el Asilo. Un poco más de las dos terceras partes.(18)

Por cierto que entre los locos “curados”, se encontraba el General Pedro Izaguirre, a quien el General Castro quiso nombrar en un cargo al salir del Asilo de Enajenados, pero éste no aceptó y se fue directo a Tinaquillo, su tierra natal, con lo cual la comidilla de las gentes era que no estaba tan curado pues “era la primera vez que un general había rechazado un puesto público, lo que probaba que Izaguirre estaba todavía loco de bola”.(19)

Qué tratamientos utilizó, es materia de especulación, se sabe que preparaba sus pócimas y mezclas en su casa y en una farmacia de la cual era dueño. Hay suficientes indicios de que utilizó además de los baños forzados con agua caliente y fría, sangramientos y laceraciones, sobretodo en el cuero cabelludo, extracción de dientes y muelas y también la introducción de clavos en la cabeza. Lo cierto es que no tardó mucho en descubrirse el maltrato, aunque las autoridades parecían no darse cuenta, ya que fueron inteligentemente engañados, como cuando celebraron en el Asilo el onomástico del Libertador y los dos oradores de orden fueron pacientes supuestamente curados, que dijeron discursos preparados por Telmo Romero. Pero, paralelamente a esa actitud de maltrato, resulta obvio pensar que también estuvo muy cerca de los pacientes y entabló con ellos algún nexo personal de amistad e interés, que trajo como consecuencia parte de la actitud hacia la mejoría que muchos de ellos mostraron. Tanta fue la fama que se había creado él mismo ante el General Castro, que no ante el público y vecinos del Asilo, quienes horrorizados convivían con los gritos y quejas espantosas de los pacientes, que, luego de un viaje a Boston (EE.UU.), donde le fue conferido el título de médico en sólo algunas semanas de estadía, se propuso su nombre para Rector de la Universidad Central. Esta última afrenta a la academia no fue tolerada por los estudiantes y algunos profesionales, que decidieron quemar ejemplares de su libro en una pira debajo de la estatua del Dr. J. M. Vargas. Finalmente fue destituido del cargo en 1886 y falleció un año después.(18)

Ese mismo año y con Guzmán Blanco de nuevo en la presidencia de la República, éste decretó modos y procedimientos para el trato y atención de los enfermos mentales, algunos de los cuales todavía están en vigencia. Por ejemplo, para poder internar a un paciente en un centro de asistencia mental del estado, hacían falta las firmas de dos médicos que certificasen la necesidad de la asistencia. Se prohibía el uso de grilletes, cadenas y camisas de fuerza.

En 1892, el Presidente interino de Venezuela, Guillermo Tell Villegas Pulido, tras ir a Los Teques y ver el Asilo de Enajenados, decidió fundar un hospital para enfermos mentales en Caracas, el Asilo de Enajenados de Caracas. Con la ayuda de la Hermanas de San José de Tarbes y el ejército, trasladó desde los Teques a los pacientes en tren a su nueva sede, situada en unas viejas barracas de cuartel cercanas a Caño Amarillo y Agua Salud. El Hospital fue inaugurado el 17 de septiembre de 1892.(3)

La evolución del Asilo de Enajenados u Hospital Psiquiátrico de Caracas, fue muy provechosa para la psiquiatría local. Uno de sus directores, el Dr. Rafael Medina Jiménez (1871–1925), fue uno de los primeros en proponer la enseñanza de la Psiquiatría como rama de la medicina. Propuesta sensata que no tuvo acogida académica.

Paralelamente, en Europa, oriente medio y los Estados Unidos la psiquiatría había seguido su desarrollo. En Inglaterra fue notoria la evolución del Bethlem Royal Hospital, hospital general que desde el siglo XIII atendió también enajenados y pasó a hacerlo con exclusividad en el siglo XV. Este hospital representó en su inicio y hasta bien entrado el siglo XIX, un modelo de lo que no se debe hacer en Psiquiatría y menos aún como unidad de asistencia a la salud. Desde los maltratos a los pacientes y el abandono de los mismos, hasta el hecho de utilizarlos como curiosidades casi circenses y cobrar por permitir ver a los pacientes en sus circunstancias delirantes y alucinatorias y en sus comportamientos desconectados de la realidad y desinhibidos de cualquier tipo de control social, cultural y mucho menos moral. Hoy día, sin embargo, es reconocido como un hospital modelo junto con el Hospital Maudsley, también en Londres, ambos en la vanguardia de la moderna psiquiatría inglesa y mundial.

El primer hospital psiquiátrico en Francia se fundó en 1641 y en los Estados Unidos de Norte América en 1773.

Comienzan pues, a finales del siglo XVIII, las fundaciones de hospitales psiquiátricos en todo el mundo occidental y aunque muchos de ellos son realmente desastrosos en cuanto a atención, sin embargo algunos han seguido teniendo espacio y reconocimiento en cuanto a la innovación y éxito en los tratamientos. Tales son los casos del Santuario de Geel en Bélgica, en funcionamiento desde el siglo XIII, donde a los pacientes se les coloca en casas de familia y se supervisa su tratamiento y evolución, el York Retreat (1796) en Inglaterra y el Hospital Bonifacio (1788) de Florencia.

Individualmente, debemos considerar entre otras figuras de la psiquiatría mundial, a Philippe Pinel (1745–1826), quien fuera nombrado por la Comuna Revolucionaria de París (1792) director del hospital de La Bicêtre y luego de La Salpêtrière, donde en 1794, literalmente, libera los pacientes de las cadenas y maltratos, convirtiendo esas instituciones en modelos de atención y lugares agradables para la estadía del enfermo. Además aporta nuevas maneras de clasificar y entender las enfermedades mentales. Esa actitud de Pinel, inspirada sin duda en el proceso revolucionario vigente en la época, convierte al enfermo mental, sin personalidad ciudadana por su condición de asilado, en ciudadano con todos los derechos. De hecho se le reconoce como el padre de la psiquiatría.

En los Estados Unidos trabajaron médicos como Benjamin Rush (1743–1813), quien formado en Edimburgo, regresó al Hospital de Pensilvania con nuevos métodos terapéuticos de éxito inmediato. Escribió el primer tratado de Psiquiatría americano y es considerado el padre de la psiquiatría en Norte América. También hay que destacar a Dorotea Dix (1802–1887) quien se ocupo de denunciar las malas prácticas en los hospitales psiquiátricos y el maltrato a los enfermos mentales en cárceles, hospicios y asilos. Durante sus 40 años de labor profesional fundó 32 hospitales, inspirados y manejados con principios y actitudes asistenciales profesionales, compasivas, solidarias y modernas.

A finales del siglo XIX, aparecen figuras en la psiquiatría mundial que definitivamente dan un vuelco a la incipiente atención psiquiátrico-hospitalaria y que además reconocen los otros trastornos psiquiátricos, que en comparación a lo aparatoso de la no asistencia médica y de la asistencia hospitalaria exclusiva para enajenados, resultaban menores en repercusión pero igualmente dolorosos y angustiosos para los pacientes, familiares y sociedad en general. Nos referimos a ciertos tipos de depresiones, estados de angustia, obsesiones y compulsiones, las llamadas neurosis y también los estados reactivos a circunstancias y eventos. Aparece entonces Emil Kraepelin (1856–1926) quien propone un nuevo sistema clasificatorio de las enfermedades mentales y reconoce que algunos trastornos como las neurosis pudiesen ser de origen psicógeno.

Sigmund Freud (1856–1939), personaje cuya influencia en la psiquiatría moderna fue definitiva, trae a las ciencias de la mente y el comportamiento, no sólo un nuevo lenguaje, también aporta el uso de la cocaína como estimulante, tal y como se había venido haciendo por 1800 años en América y un método de análisis sistemático de las interioridades e intimidad del individuo, haciendo de alguna manera comprensible su vida interior y sus vivencias de los sucesos y eventos que le perturban. Esto trae como consecuencia que ese proceso de progresivo énfasis en los problemas mentales y del comportamiento, no tan aparatosos como las psicosis, se vean atacados y aliviados con mayor frecuencia para beneficio de la sociedad que, a su vez, descubre en el psicoanálisis de Freud un camino, un tema y una forma de afrontar sus inquietudes y debilidades psíquicas. La sociedad es influenciada por el pensamiento freudiano a través del análisis de los comportamientos y motivaciones más intimas, tanto individuales como colectivas, dando inicio al proceso de psicologización cultural de la humanidad que estamos viviendo desde entonces y que no es ni bueno ni malo, es, simplemente, una forma más de tratar de entender nuestras acciones y reacciones individuales y colectivas.

En paralelo a Freud y el psicoanálisis, en Rusia, Iván Pavlov (1849–1936) estudia los reflejos incondicionados y condicionados e inicia el estudio de las conductas aprendidas y los condicionamientos de las mismas. Ideas que son tomadas por John B. Watson (1878–1958) y desarrolladas hasta llegar a la psiquiatría experimental y a lo que actualmente llamamos conductismo.

En 1911, Eugen Bleuler (1857–1939) propone la sustitución del término “demencia precoz” por el de esquizofrenia, y en 1913, Karl Jaspers (1883–1969) publica la “Psicopatología general” que sienta las bases del estudio sistemático y disciplinado de la psicopatología, de los modos de enfermar y de sus manifestaciones.(11)

Vemos pues, como la psiquiatría avanzaba a pasos gigantescos en el resto del mundo y aquí permanecíamos en una rutina de protección y cuido no muy enfatizada y de aislamiento marcado de nuestros enfermos, sin muchos cambios y con pocas esperanzas para ellos.


Actitud asistencial inicial (1924 – 1942)

Así las cosas, avances y gran desarrollo en la psicología y la psiquiatría en el resto del mundo, en Venezuela estancamiento total en esa rama de la medicina no considerada, localmente, como tal, todavía.

En 1924, es nombrado el Dr. José Francisco Torrealba (1896–1973) Médico-Director-Residente del Asilo de Enajenados de Caracas, que luego fue llamado Hospital Municipal Psiquiátrico y hoy es el Hospital Psiquiátrico de Caracas. El Dr. Torrealba se había graduado de doctor en Medicina un año antes y no tenía experiencia ni conocimientos psiquiátricos. Hombre estudioso, curioso e interesado en el saber, en poco tiempo se impuso de los problemas del hospital y de los pacientes. Hizo reformas dentro de la conducción del asilo que afectaron para bien a los pacientes y marcó el inicio de la moderna psiquiatría en Venezuela. Fue pionero de la reforma de los hospitales psiquiátricos, estableció la necesidad de efectuar y llevar un registro de los diagnósticos psiquiátricos, reguló y controló estrictamente el uso de los medicamentos estupefacientes y opiáceos, hizo fuerte presión para que terminasen de una vez el maltrato físico a los pacientes, el hacinamiento, el encierro, el desaseo y los programas terapéuticos torturantes; además estimulo la tolerancia, la comprensión y la interacción con los pacientes.
Mantuvo la opinión, y así lo hizo saber en múltiples oportunidades, que el alcoholismo y la sífilis eran las principales fallas en la psique del venezolano desde la época de la colonia, habiendo condicionado éstas la aparición de las enfermedades mentales. En 1927 se retira del Asilo de Enajenados de Venezuela y es sustituido en la dirección por el Dr. Ricardo Álvarez (1896–1956), quien de estudiante de medicina había estado de pasante en el Asilo de enajenados y había escrito su tesis sobre la “demencia precoz”. El Dr. Álvarez devino en psiquiatra y a él debemos el libro sobre la historia de la psiquiatría: “La psiquiatría en Venezuela”. Otro estudiante presente en esos momentos de transición y que luego sería director y posteriormente psiquiatra, fue el Dr. Raúl Ramos Calles, cuya tesis doctoral sobre la selección del personal para las instituciones de atención psiquiátrica fue muy importante para lograr los cambios en la atención y cuido de los pacientes.

La racha de directores médicos no psiquiatras, siguió por un tiempo. El Dr. Pedro González Rincones (1895–1968), ilustre médico radiólogo que desde su posición de director de asistencia Social y director del hospital psiquiátrico logró la transformación y modernización del Hospital Municipal Psiquiátrico (1935). Creó en el hospital la primera laborterapia que además cristalizó en una panadería abierta al público, una alfarería, un taller de costura, una cochinera y otros criaderos de animales y cultivos agrícolas. Una peluquería y barbería, un grupo teatral y una serie de actividades físicas. Abrió cuentas de ahorros para que el producto de las actividades remuneradas de los pacientes formara parte de sus logros futuros. Fue nombrado miembro honorario de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría en la fundación de la misma.

Esta fase de transición a la actitud moderna ante el enfermo mental coincidió con la muerte del General Juan Vicente Gómez, la instauración de los gobiernos democráticos en Venezuela y el regreso de varios médicos que estaban formándose en el exterior y cuya formación estaba ya cargada con las nuevas y revolucionarias ideas de la atención psiquiátrica moderna que visionarios como Torrealba y González Rincones habían intuido y puesto en práctica. Tanto, que en 1940 se funda la primera cátedra de psiquiatría en la Universidad Central de Venezuela con sede en el Hospital Municipal Psiquiátrico, siendo el Dr. Ricardo Álvarez su primer director.

En 1941, el Dr. Raúl Ramos Calles fundó la Liga de Higiene Mental en Venezuela, en concordancia con lo acontecido en casi todos los países desarrollados y sobretodo en los EE.UU.


Actitud asistencial moderna (1942 – 1980)

Con el empuje que traía ya la especialidad, se funda en 1942 la Sociedad Venezolana de Psiquiatría y el Dr. Ricardo Álvarez es designado como presidente. Hito inicial de esta etapa asistencial, ya que para constituir una sociedad profesional es menester que existan varias personas que realicen el mismo trabajo y tengan credenciales que avalen en condición de igualdad tanto la formación recibida como el ejercicio de su quehacer profesional. Para 1942 había en Venezuela un buen número de psiquiatras, más o menos 40, muchos autodidactas, fogueados en los Hospitales psiquiátricos locales y otros formados en el exterior. El primero de los psiquiatras que obtuvo el certificado de la especialidad, en Francia, fue el Dr. Rafael González Rincones. Posteriormente regresan el Dr. Rafael Vegas que estudió en España, el Dr. Guillermo Aranda, formado también en España y así van regresando unos y asimilándose al país otros, que por razones diversas escogieron venir a Venezuela.

En 1947, el Hospital Municipal Psiquiátrico cambió su nombre por el de Hospital Psiquiátrico de Caracas y en 1948 se fundó la División de Higiene Mental del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social.

En 1949 se inicia, a propuesta y gestión del Dr. Ricardo Álvarez y con la ayuda del Dr. Raúl Ramos Calles, el Primer Curso de Post-grado en Psiquiatría en Venezuela. Curso que fue patrocinado conjuntamente por la Universidad Central de Venezuela y el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social. Este curso, que duró dos años, fue el primer curso de post-grado de cualquier especialidad médica, dictado en una universidad en Venezuela. A él concurrieron como profesores: los profesores de la Cátedra de Psiquiatría de la Universidad Central de Venezuela y afamados psiquiatras españoles de la época, venidos a Caracas con ese propósito, como el Profesor J. M. Sacristán y el también Profesor Emilio Mira y López, o ya radicados en nuestro país desde años atrás, como los Dres. Mateo Alonso, Ortega Durán y Cristóbal Maciá. También fue traído de la Argentina el Profesor Gregorio Bermann.(20)

En la ciudad de Valencia se fundó en 1951 la Colonia Psiquiátrica de Bárbula, hospital destinado a hacerse famoso tanto por los personajes que alguna vez estuvieron dentro como por la labor psiquiátrica, en particular en la atención a emergencias, que durante tantos años se realizó, además, claro está, de la calidad de los médicos que lo atendieron. Llegó a tener 1.800 pacientes en 1961. Hoy, desamparado y disminuido en sus posibilidades, a duras penas funciona. Llegó a decirse que era el mejor hospital para dementes de Latinoamérica, según refería el finado Profesor Pedro Téllez Carrasco, activo psiquiatra en ese hospital por 33 años.(21)

En 1953 se editó el primer numero de la revista “Archivos Venezolanos de Psiquiatría y Neurología”, aún activa. Posteriormente se fundaron otras revistas y boletines la mayoría de los cuales no han sobrevivido.

En 1960 se abren servicios de Psiquiatría en hospitales generales: en el Hospital Vargas y en el Carlos J. Bello de la Cruz Roja Venezolana. Actitud seguida casi inmediatamente por todos o casi todos los hospitales generales del estado.

Nuevos Post-grados de Psiquiatría se inauguraron en 1961 en la universidades de Los Andes y en la del Zulia. En ese mismo año se llevó a cabo en Caracas el Primer Congreso Latinoamericano de Psiquiatría, bajo el auspicio de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría y de la Asociación Psiquiátrica de America Latina, que marcó según frase del Dr. Manuel Matute: “El ingreso formal de Venezuela al escenario de la psiquiatría internacional”.(3)


Actitud posmoderna (1980 –)

En esta sección trataremos de referirnos, por su cercanía en el tiempo y la enorme cantidad de novedades en el campo de la Psiquiatría y la Psicología, a aquellos avances que en el entorno internacional han tenido significación para nuestra cultura y trataremos a su vez de plantear algunas de las incógnitas que nos esperan en el futuro y esbozaremos los caminos que comienzan a deslindarse para que nuestras especialidades psicológicas y psiquiátricas sean de utilidad para los enfermos y dolientes de los trastornos psiquiátricos y otros padecimientos emocionales o conductuales.

Ciertamente que el tiempo y los desarrollos obtenidos en la evolución de la asistencia psiquiátrica moderna han terminado por plantear que la posición teórica opuesta por Michel Foucault (1926–1984) en su libro sobre “Historia de la locura en la época clásica” en el cual plantea que la fundación de los hospitales psiquiátricos iniciada por el Padre Jofré en el siglo XV, no fue por motivos de asistencia, es decir: no había conocimientos psiquiátricos que planteasen una discriminación diagnóstica y la separación del individuo en los centros que brindaban “hospitalidad” u hospitales, era, simplemente, para apartarlos de la mirada y contacto con la sociedad.(22) A nuestros ojos y entendimiento, esa fue la razón, al menos en esta tierra de gracia, para la creación y puesta en marcha de los asilos de enajenados a los que nos hemos referido antes en este escrito. Nunca mejor demostrada la hipótesis de Foucault, que en la Venezuela de 1874.

Las últimas décadas del siglo XX fueron en nuestro país un salto al futuro en materia de atención al enfermo mental. Las asociaciones y grupos profesionales con intereses comunes psicológicos y psiquiátricos se multiplicaron y cada una de ellas ha impulsado y brindado oportunidades de formación y ampliación de conocimientos a sus afiliados y otros interesados, los casos más emblemáticos son la Sociedad Venezolana de Psiquiatría, el Colegio Venezolano de Neuropsicofarmacología y la Asociación Venezolana de Psicoterapia. En el ámbito privado han surgido grupos interesados en la prestación de servicios y la formación profesional, como el grupo Humana.

Por otro lado, el desarrollo de la psicofarmacología a nivel mundial incidió en Venezuela en dos aspectos muy especiales: el apoyo económico y científico de la industria farmacéutica a las diversas sociedades y grupos, en su afán de introducir sus productos al mercado, invirtiendo grandes sumas de dinero y esfuerzo en fomentar congresos y reuniones científicas, trayendo conferencistas de alto nivel académico y profesional; haciendo posible la movilización de muchos psiquiatras que de otra manera no hubiesen podido acceder a tales oportunidades de adquirir o solidificar sus cocimientos en esas materias.

Los avances de la psicofarmacología han sido tales que, en este momento no se concibe el tratamiento de una enfermedad mental sin el uso de psicofármacos. Sobretodo desde que conceptos modernos y todavía en estudio, como el de la neuroprotección brindada por los psicofármacos, están en la mente de todos los psiquiatras.

En la Venezuela actual sentimos que los trastornos psiquiátricos y las alteraciones de la conducta y las emociones, no tienen la connotación moral, demoníaca o vergonzosa que tuvieron en el pasado. El proceso de psicologización, ha continuado para bien. El público sabe que le podemos ofrecer, cuando menos, alivio a los malestares psicológicos y frecuentemente la cura al padecimiento.

En cuanto al venezolano actual y sus aspectos psicológicos, debemos decir que en esencia, no hemos cambiado mucho. Nuestra capacidad para entusiasmarnos con lo nuevo, mantener la alegría y el buen humor, incluso ante la adversidad, explorar nuevas situaciones, defender nuestro terruño, seguir un jefe en momentos de crisis, vivir insatisfechos y con la critica en los labios, seguir a la búsqueda de nuevas formas de estar y vivir en comodidad, comerciar de manera informal, practicar y disfrutar la música y el canto, dibujar pintar, decorar, disfrazar, maquillar y fiestear, entender y practicar los aspectos espirituales de nuestras religiones de manera intensa y peculiar, combinándolas y amalgamándolas y nuestra capacidad para adaptarnos a lo nuevo por muy dramático que sea, así como para recibir a los extranjeros que vienen con el ánimo de radicarse aquí, siguen intactas. Quizá, han cambiado nuestras expectativas políticas, en el sentido de que el vaivén de los acontecimientos ha hecho que regresemos al caudillismo, o mejor dicho y siguiendo a Augusto Mijares, al “liderismo”, pero sabemos todos que será de corta duración, pues el caudillismo en Venezuela no prospera en la paz, ni en la estabilidad económica y mantener un país en inestabilidad social, económica y jurídica de forma permanente es muy difícil, por no decir imposible, pues el caos siempre termina organizándose.(23)

Algunos valores de poca trascendencia y de corte materialista, como el consumismo, la satisfacción inmediata de nuestras aspiraciones e ilusiones, la poca paciencia con el futuro que pareciera no llegar nunca, las veleidades de nuestros intereses sociales con cambios bruscos de favoritismos e inclinaciones, las iras momentáneas desatadas por la inclemencia del reloj y la falta de compromiso con el tiempo y las responsabilidades compartidas, se han endurecido en nuestro ánimo en corto tiempo.

Pero las calamidades de los tiempos modernos con su cuota de naturaleza desatada, también han traído demostraciones de solidaridad y entrega magníficas, que han ayudado a nuestros conciudadanos, como en el deslave del 1999 y a otros, como en el terremoto de Haití, por nombrar pocos.

Nuestra psiquiatría actual, al igual que nuestra medicina, es de primera línea en atención a la cabecera del enfermo. No lo es en cuanto a investigación ni en cuanto a atención institucional hospitalaria o asilar y menos en cuanto a prevención. La medicina continua enseñándose en Venezuela de uno a uno, con maestros. La psiquiatría aquí se aprende estudiando y trabajando con “alguien”, léase un maestro psiquiatra. Todavía el culto a la persona instruida con conocimientos prácticos es primordial, más que los libros y los cursos.

Los acuciantes problemas de la modernidad, particularmente las migraciones internas, con su cortejo de carencias materiales, afectivas y emocionales y sus excesos de cuestionamientos, necesidades materiales creadas, insuficiencias económicas e inestabilidades financieras, han hecho de las sociedades compartimientos estancos, ahora se mantienen en su sufrimiento a la espera de soluciones planteadas desde fuera por, generalmente, el estado y en algunos casos organizaciones que procuran bienestar y son de corte privado y a veces internacionales. Estas situaciones, que en resumen se pueden considerar como pérdidas, dado el desarraigo, la pobreza, los súbitos cambios culturales y la desvalorización personal, han traído que los problemas de corte mental, psiquiátricos o psicológicos –como los llamemos, da igual– permanezcan sin tratamiento posible, dadas las dificultades inherentes a la desarrolladísima práctica individual que ejerce la psiquiatría, la psicología, la psicoterapia y hasta la psicofarmacología. Por tanto el mundo deberá dirigirse pronto hacia nuevas formas de tratamiento psiquiátrico o psicológico, más asequibles a las grandes masas urbanas y de menor costo económico.

En ese sentido, países como Brasil, han dado pasos sólidos que deberemos imitar en breve plazo. En concreto me refiero a la llamada “terapia comunitaria”, en la cual del apoyo y explicación individual se pasa a la asunción por parte del grupo, de la reflexión colectiva y la concientización comunitaria de los problemas surgidos, estimulándose así la capacidad terapéutica del grupo que, a su vez, se constituye en tejido social abierto y solidario.(24)

Las consideraciones que hemos hecho sobre lo psicológico y la salud mental en el venezolano, parten de la observación de muchos cronistas, estudiosos, psicólogos y psiquiatras. Compartimos muchas generalizaciones sobre el carácter y personalidad del venezolano. No es difícil ante la historia de este país, entresacar rasgos que nos son y nos han sido comunes, sobretodo aquellos que desde hace al menos diez mil años nos han caracterizados. Los caribes siguen siendo nuestros ancestros y nosotros seguimos siendo caribes.


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