(Ensayo escrito especialmente para ser publicado por la Revista electrónica Analítica Premium en la edición del 29 de mayo de 2009)
Miedos patológicos
La psiquiatría moderna, entre otras necesidades, ha tenido que atender de manera especialísima a las personas que padecen miedos, temores, terrores de todo tipo y pánico. Lo que en el pasado era signo de acojonamiento y, en el peor de los casos, de cobardía, hoy sabemos, gracias a los pensadores modernos de la psiquiatría y a los acuciosos psicofarmacólogos, que no se trata en muchos casos de un signo de debilidad testicular o de torcimiento estético de la capacidad de enfrentar situaciones nuevas, peligros o simplemente afrontar la vida diaria. En la gran mayoría de los casos se trata de enfermedad y no de debilidad endógena o mariconería.
Esta postura actual de la medicina, reconociendo los temores, miedos y pánicos como enfermedad ha cambiado la vida de muchas personas. Ya no hay tantos timoratos ni pusilánimes que no puedan hablar en público, ni comer delante de otras personas o que tengan pavor de subir en ascensores, atravesar puentes, entrar en túneles, subir escaleras, asomarse desde un quinto piso, ver sangre, ratones, serpientes o cucarachas, asistir a una iglesia o a un partido de béisbol, salir de la casa o, simplemente, participar en una manifestación política.
Esos tipos de ansiedades que llamamos temor o miedos, hemos aprendido a controlarlas y forman parte de uno de los diagnósticos más frecuentes y tratables de la medicina actual. Siendo sus características principales que son de aparición súbita y que se genera en nuestro espíritu la expectativa de su aparición, lo cual constituye en sí otro motivo más de ansiedad y temor.
Así como hemos aprendido a tratar médicamente y minimizar el efecto de los miedos, terrores o pánicos que aparecen súbitamente en nuestro consciente sin haber sido atraídos por ninguna cadena de pensamientos – así los describió Freud –, es decir, aquellos miedos que no tienen explicación, justificación o causa evidente remota o inmediata y que por eso mismo les consideramos enfermedad, o sea, patológicos, hemos también desarrollado nuevos métodos y estrategias para generar en las personas temores o miedos que les desestabilicen y, por su gravedad, generen actitudes de defensa unipersonales e íntimas que les aíslen y anulen su posible influencia personal en la comunidad y, por extensión, en la sociedad en la cual viven.
El miedo como emoción sana
El temor y el miedo son una emoción normal en las personas cuando la causa es identificable y por tanto la explicación es comprensible. Un temblor de la tierra, que por sí presagia terremoto, es causa suficiente y comprensible de temor. Un asaltante desorbitado que blandiendo un arma amenaza a su víctima, es causa suficiente y comprensible de miedo. Un robo a mano armada en el edificio de apartamentos en que vivimos, es también presagio ominoso de males peores y, por tanto, se generará temor y aprehensión en nosotros. El temor y el miedo nos ponen sobre aviso y desatan una cadena de eventos que se caracterizan por desplegar acciones y conductas en defensa de nuestra persona. Huir, esconderse, retirarse, disimular, confrontar, negociar y otras muchas, que como las anteriores tienden a separarnos de la fuente del temor.
El uso de alcohol y algunas drogas pueden atenuar el temor y hacernos hasta peligrosamente temerarios y arriesgados.
Algunas frases de estímulo y otras de acercamiento emocional o identificación afectiva con propósitos y fines políticos, ideológicos o emociones colectivas, pueden también atenuar el efecto del miedo y desinhibirnos lo suficiente como para convertirnos en seres arriesgados sin consideraciones aparentes por el temor personal. Efecto comprobado en las concentraciones políticas y en las marchas multitudinarias de protesta. Los cantos de guerra y los himnos de batalla son un buen y muy conocido ejemplo. Incluso el peligro evidente puede servir en algunas ocasiones como acicate poderoso para lanzarnos a la lucha, algunas veces por aquello de que es preferible caerse que quedar colgando y otras veces, por que si me voy a morir de todas maneras, pues que sea peleando o llevándome unos cuantos por delante.
Miedos inducidos artificialmente
A los temores no patológicos o no enfermos, les añadimos ahora aquellos temores inducidos por técnicas de propaganda y los que resultan de eliminar o disminuir los controles sociales desarrollados por los grupos sociales para su protección. En definitiva, lo que estamos describiendo es que un estado de temor generalizado de los individuos ante el Estado, el gobierno o los grupos políticos dominantes, es el resultado de estrategias políticas orientadas a la dominación de la sociedad, a la sumisión del individuo y a la inhibición de los procesos de defensa y mantenimiento de los derechos individuales.
Para esos temores inducidos por voluntad de quienes detentan el poder y los medios para ejercerlo, no tenemos medicinas, terapias paliativas ni curativas. Ni los tranquilizantes ni los otros fármacos de uso establecido, funcionan. El alcohol puede traer alivio momentáneo, pero su uso puede ser causa de empeoramiento de los temores y dependencia. El aislamiento, como el avestruz metiendo la cabeza en la arena, alivia por el no saber, por el no enterarse, que es para muchos, de hecho, demasiado saber. No prestar atención, no escuchar, no ver, es más que frecuente como terapéutica paliativa a la angustia ubicua, al temor generalizado.
La sociedad, imbuida de informaciones que en su conjunto denotan el peligro, la inseguridad física y mental, la falta de respeto y desconsideración a las ideas del individuo, la incertidumbre respecto de las seguridades básicas del hombre social moderno, como son: la pensión de jubilación, la atención médica, la educación de los hijos, la accesibilidad a los alimentos básicos, la garantía de la permanencia y estabilidad de la propiedad privada, el libre tránsito, las garantías de asociación, de libre escogencia y culto religioso, las de libre comercio y, por supuesto, un sistema judicial confiable, autónomo, eficaz, equitativo y expedito. Reclama de cualquier manera una respuesta eficaz y hasta contundente a sus angustias, a sus miedos. Nada más justo y nada más peligroso, pues la estrategia de generar inestabilidad socio económica y miedo, viene cargada de agresividad incontrolada y sin remordimientos. La violencia de quien limita nuestras libertades y permite la inseguridad social, económica y jurídica, no tiene límites.
La sociedad atemorizada en que vivimos, no es patológica, es la respuesta adecuada y realista a un gobierno cuya expectativa del individuo está basada en la humillante indignidad de someterlo e imponerle un sistema ideológico y político que le es extraño y por el cual ha mostrado rechazo en todas las ocasiones en que se le ha consultado.
Las fuentes de inestabilidad y pérdida de la paz en las sociedades corruptas por el poder y el afán de dominación e imposición ideológica, es un monstruo organizado para todo acto criminal posible, ya que, por definición, se encuentran por encima de leyes, principios, valores y normas. Lo único que cuenta entonces, son los postulados de la revolución, para algunos, y las aspiraciones personales y el culto a la personalidad, para otros.
Ese panorama tremebundo, que parece salido de una novela, ha sido la realidad vivida por algunas sociedades, que bajo la dominación de individualidades extraordinarias, como Stalin, Mao, Hitler, Fidel, Saddam, Kadafi, Franco, Rojas Pinilla, Gómez, Pérez Jiménez, Chapita, Papa Doc, Pinochet, Idi Amin, etc., tuvieron que plegarse, temporal y parcialmente, ante los embates de la sinrazón y la fuerza bruta, hasta que lograron generar las oportunidades para dar al traste con semejantes abusos.
Acciones para contrarrestar el miedo. La lucha contra el culillo.
Algunas sociedades han utilizado sus cartas magnas para oprimir, separar, humillar y limitar a sus miembros no deseados. Un caso patético, que resultó una enseñanza universal, fue Nelson Mandela en la República de Suráfrica. El estoicismo, la paciencia y la seguridad en sí mismo y en sus creencias, llevaron a este hombre a ser un símbolo de valentía, perseverancia, fe, esperanza y energía vital, es decir: valor ante la adversidad, constancia ante la perentoriedad y la presión política, confianza en sí mismo y en sus semejantes, anhelo por el cambio y seguridad en su fuerza y dedicación para cambiar las cosas.
No es casualidad que mencione hoy este personaje. Mandela es la demostración más patente que conozco, después de Pablo de Tarso, de fe en su proyecto de vida entregada a la defensa y difusión de sus ideas. Ni la cárcel ni las carencias, ni las amenazas ni la vigilancia estricta y la limitación en su desplazamiento pudieron con ellos. Ambos padecieron temores inmensos. Seguro que el miedo les sobrecogió muchas veces, pero siempre tuvieron claro en su espíritu lo indomable de su fe y de su prédica. Un santo predicador cristiano, apóstol divino y un laico predicador de libertad y defensor de la igualdad entre los hombres, político que supo luchar y esperar su momento. Ambos incansables luchadores que, sin odios ni retaliaciones, supieron dar lo mejor de sí mismos aún en las mas duras e indignantes circunstancias.
Lo esencial del paralelismo enunciado antes, es que se trata de un método exitoso para luchar contra el temor, contra el miedo. Afrontar la circunstancia aun con miedo intenso es comenzar a tener éxito. No afrontar, retirarse de la confrontación vital por temor, es seguir perdiendo.
El éxito de quienes usan la estrategia destructora de generar temor y miedo intenso y constante por medio de técnicas de intimidación, demostraciones de violencia, manipulación de las garantías legales, retardos procesales, tergiversación de la información, desprotección legal y constitucional, amenazas a la integridad física, siembra de evidencia penal, chantaje moral, suspensión de los controles sociales policiales y legales de aquellos que delinquen y connivencia con delincuentes y con el delito, se basa en que el miedo puede paralizar a las personas y a las comunidades, o bien llevarlas a esquivar todo enfrentamiento, produciéndose, finalmente, una aquiescencia tácita de la actitud autoritaria o dictatorial y hasta despótica de los gobernantes.
Miedo inducido, temor habilitado, culillo propuesto o acojonamiento incitado, es todo lo mismo. Es el resultado de padecer las demostraciones de fuerza que pretenden anularnos. Darnos cuenta, sentir el miedo, pero no ceder, permanecer, aunque sea temblando, es la manera de convertir la debilidad que trataron de inducir, en una fuerza férrea e imbatible que perdure y venza.
La percepción, por quien pretende imponer el miedo, de la resistencia constante y permanente del supuesto sometido, termina por producir en ellos miedo, temor a las venganzas y a las posibles retaliaciones, generando además una suerte de necesidad de vivir y aprovechar intensamente cada segundo de poder adquirido y cada humillación provocada, hasta que se “voltee la tortilla”, como suele decirse. Aquellos que han utilizado y abusado del poder y las leyes para su propio provecho y para producir miedo en el adversario y lograr su dominación, saben que su éxito será efímero.
Quienes se resistieron con estoicismo y dedicación a la maldad, la dominación y la pérdida de las libertades y derechos de los seres humanos, saben que el futuro y la esperanza les pertenece.
Ensayos y artículos sobre salud mental y psiquiatría, que reflejan los intereses profesionales y la opinión del Dr. Álvaro G. Requena, Médico Psiquiatra
viernes, junio 12, 2009
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