(Ensayo escrito el 10.12.2007, especialmente para ser publicado por la Revista electrónica: Analítica Premium)
Un corte transversal en la vida de los venezolanos durante esta última semana mostraría aspectos muy dramáticos de la manera de ser de cada uno de nosotros. En estos días ha habido poca paz, el desasosiego de algunos dirigentes gubernamentales ha contrastado violentamente con la imagen de serenidad y respeto que se esperaba luego del choque inicial de los resultados del referéndum aprobatorio de la reforma a la constitución.
Quienes apoyan al comandante Chávez no necesariamente aprueban sus propuestas, pero no se atreven a manifestarlo abiertamente, sin embargo, con el voto o sin votar, lo han demostrado: casi tres millones de chavistas rechazaron la reforma propuesta.
Quienes adversamos al comandante Chávez, no necesariamente rechazamos todas sus propuestas, pero él sí rechaza oírnos y cuando solicitamos que se votaran las propuestas por separado, no nos hizo caso. Alguna habría pasado. Más de una nos conviene, pero muchas no nos convenían, pensamos la mayoría.
El resultado fue un rechazo tajante de las propuestas. Más definido y sólido si tomamos en cuenta que el comandante Chávez ganó las elecciones presidenciales en 2006 con 7,3 millones de votos contra 4,3 de la oposición y 25 % de abstención.
Si tomáramos la votación del referendo como si hubiese sido una votación presidencial, tal y como fue planteado por el propio comandante Chávez cuando dijo que no votar por el Sí era votar contra él, tendríamos entonces cifras de 4,4 millones de votos a favor de Chávez contra 4,5 de la oposición y 44 % de abstención. En otras palabras. Chávez perdió apoyo y la oposición apenas ganó unos docientosmil votantes más, es decir, se mantuvo. Una forma de ver estas cifras es pensar que Chávez tiene un voto cohesionado de 4,4 millones de votantes y la oposición de 4,5 millones, ambos números representan grupos estables y sólidos. La batalla, por tanto, hay que darla por el resto de los votos y esa batalla parece que no se va a ganar como pensaron los rojos tirios y los indefinidos troyanos, que se haría.
Ciertamente que las críticas que hemos leído y oído últimamente, de parte de afectos y desafectos al gobierno, tienen todas razón. Fíjense bien que estoy hablando de análisis y críticas, de revisiones de políticas, de orientaciones propagandísticas y de actitudes de liderazgo, no me estoy refiriendo a descalificaciones, chismes ni descripciones más o menos acertadas y veraces de las reacciones de cada quien ante los resultados del domingo dos de diciembre (2D).
Pienso que la mayoría de los analistas han acertado en sus críticas, pues los resultados de la votación fueron un choque de tal calibre que nos ha obligado a sentarnos, pluma y calculadora en mano, a reflexionar sobre lo que sucedió el 2D.
Mi primera apreciación es que tanto tirios como troyanos tienen que cambiar la estrategia. Estamos colocados en posiciones irreductibles que no hacemos dinámicas y por tanto son bastiones estáticos no susceptibles de cambios. Su crecimiento seguirá siendo inercial con ocasionales elevaciones mínimas y temporales. El discurso político seguirá siendo ofensivo de una parte y defensivo por la otra, pero no habrán aportes positivos, optimistas y aglutinadores, con planteamientos de cambios socioeconómicos e ideológicos profundos. No habrán oportunidades para que se consoliden los liderazgos emergentes pues en un lado no interesan los líderes nuevos y en el otro la crítica acerba o la carga desmesurada los ahogan. El mérito por la preparación, el estudio y la experiencia no sirve. Sólo la suerte y la obsecuencia sin crítica alguna funciona entre los tirios.
Sólo las actitudes rebeldes y riesgosas complacen a los troyanos.
Los tirios ofrecen y ofrecen y quieren cambiar las cosas para imponer sus fantasías socialistoides, pero lo hacen de forma impositiva, de arriba para abajo, sin realmente tomar en cuenta las opiniones populares, con una actitud de que el pueblo no sabe y no comprende en lo que estamos y hay que llevarlo nariceado, como rebaño bien cebado a que aprueben un sistema político, económico y social, que no entienden, pero que se supone que, por el hecho de hacernos a todos iguales en el papel, vamos a terminar siendo todos iguales en la práctica. No se dan cuenta que tal igualdad no existe desde el preciso instante en el cual se impone verticalmente la decisión y además se descalifica al resto de la población al decirle que sólo una persona es quien sabe y puede mandar y tendrá que hacerlo para siempre.
Los troyanos, sin un color definido, sin un pensamiento político definido, sin un sistema socioeconómico preferido por todos, sin embargo, apoyan la pluralidad del pensamiento y las libertades y derechos individuales y, alrededor de esos postulados generales, vistos por cada quien con intensidades y aspectos diferentes, han mantenido cierta cohesión que se ha visto bien clara en estos casi diez años desde que Chávez ganó las elecciones en 1998. Los troyanos, es decir, la oposición, ha tenido un crecimiento vegetativo básico muy escaso en estos años. Todavía no duplica el número de votantes. Los tirios duplicaron sus votantes en 2006.
Duplicar el número de votantes es muy difícil, casi imposible, a menos que suceda lo que sucedió en Venezuela: se duplicó el Registro Electoral Permanente (REP), en muy poco tiempo. Lo extraño es que no se mantuviera la proporción de tirios y troyanos. De lo expuesto se infiere que: o hubo intento de fraude en el REP, registrando personas que no debían estar en él y luego se voltearon en su manifestación electoral inicial o nunca existieron y ahora tampoco, y son parte de ese 43% de abstención.
Otro aspecto impactante de los acontecimientos de estos últimos días ha sido la sorpresa. Aunque todos, tanto tirios como troyanos, teníamos las esperanza y estábamos seguros de una victoria, los resultados nos sorprendieron, desde el primer tirio, que no lo esperaba y que se quedó en el aparato, mirando para San Felipe, como suele decirse, hasta los propios troyanos que, salvo honrosas excepciones, no contaban con el triunfo, pues dudaban de que sería promulgado y si era numéricamente aceptado por el Consejo Nacional Electoral (CNE), casi todos pensaban que les sería arrebatado el triunfo, como, estamos convencidos, fue en el revocatorio.
De estas observaciones parte lo que estamos viviendo en estos días en todos los espacios de la ciudadanía. Actitudes personales cuya motivación y consecuencia están engastadas en el ambiente político actual, como resultado de las evoluciones sociopolíticas y económicas de los últimos años y de las expectativas generadas de forma populista, arrogante y triunfalista por un lado y por actitudes derrotistas y desesperanzadas en el otro. Ninguna de esas actitudes es buena ni sana.
Somos en este momento un país en crisis. Tenemos una crisis vital, existencial, que nos está obligando a resolver sobre nuestras vidas o caeremos en un menor nivel de estructuración social, político y de aspiraciones y por tanto en conflictos entre nosotros cuya única solución será la confrontación personal violenta y por tanto cruenta.
No puede ser que los personajes modelos del comportamiento cívico se comporten de la manera que lo han hecho. El Presidente de una nación no debe exponer su potencialidad de ejemplo cívico al comportarse como lo está haciendo el comandante Chávez. No se trata de que perdió un partido de béisbol 14 por 15 carreras, o que no pegó la lotería por un número. Tampoco se trata de que su proyecto sea el único proyecto posible y por tanto hay que introducirlo como sea. Menos aún le convenía defenderse de los chismes, dimes y diretes, que se suscitan siempre en los eventos políticos. Finalmente, ¿como se puede entender que para explicar el por qué del rechazo a su proyecto, el Sr. Chávez recurra al expediente de descalificar a los demás, de chantajear narcisísticamente a su propia gente y de proponer no aceptar los resultados de la votación al intentar imponer su proyectos por medio de un ardid?
Por el otro lado, entre los troyanos, nos encontramos con tal discrepancia en la forma de dar la batalla por las ideas y las esperanzas, que casi en igual proporción hay votantes y abstencionistas. Hasta el momento los abstencionistas vienen ganando la batalla, es decir han fomentado la pérdida de los espacios, como suele llamarse en política el no estar donde se debe estar.
Por esas y otras razones similares es que el venezolano, sea del grupo de votantes que sea, está en crisis. Los signos y síntomas son: la sensación de inseguridad, la incertidumbre, la irritabilidad, la ansiedad de expectación (particularmente de expectativas negativas y ominosas), la sensación de empobrecimiento, la sensación de ser víctimas de los designios y voluntades aviesas de los demás y el sentimiento de impotencia ante las actuaciones impositivas, egoístas, excluyentes y sectarias, sin razonamientos válidos, que esgrimen algunas autoridades.
La violencia callejera que se ha vivido en estos días con los motorizados, la violencia desplegada por la policía, la violencia verbal de los supuestos líderes de ambos bandos, la actitud jaquetona y perdonavidas de los jefes de un lado y de otro, el desprecio por la intimidad de las persona, las actitudes vengativas y los pases de factura, nos indican el deterioro de la conducta individual y colectiva.
Como resumen temerario pero evidente, diría que lo que caracteriza al político y a los gobernantes y permea hasta el pueblo llano, de uno u otro bando, es la facilidad con la cual asumen que las responsabilidades que les competen son de otros, que los culpables son externos a ellos, que somos víctimas de estrategias aviesas e irresponsables que intentan terminar con nuestra sociedad y nuestros derechos individuales.
Para el oficialismo, los culpables de todos lo males habidos y por haber, son las clases dirigentes y empresariales de los últimos cuarenta años, Carlos Andrés incluido, el imperialismo yanqui y los colonizadores europeos.
Para la oposición los culpables de nuestros males son Fidel Castro, Chávez, Mao, los sindicalistas, los asesores cubanos, Caldera y la lista de Tascón, algunos culpan a Carlos Andrés y hay quienes piensan que la culpa es el fenómeno climático que impide que en Venezuela tengamos cuatro estaciones.
Nadie asume la responsabilidad de ir hacia adelante, de sumar en vez de restar, de restearse, de mantener posiciones ideológicamente claras, de ir y estar donde hacemos falta, de estimular con el ejemplo: vayan, hagan, digan, den, quiten, etc. son las voces de mando de lado y lado. La solidaridad se cacarea pero no se ejerce. De colaboración mancomunada se pavonean todos, de vivirla, pocos. Muchos mandamases, pocos hacedores. Las acciones que no traigan algún mérito político que automáticamente coloque al actor en posición de destacar, no interesan.
No debe pensarse que lo que describimos es una actitud enferma, patológica. Más bien se trata de actitudes que adoptan las personas y a veces colectivamente como respuesta inadecuada a los estresores que antes mencionamos. Esa respuesta inadecuada, bien llamada egocéntrica por algunos, se suele dar por imitación a los patrones de acción y respuesta que despliegan los líderes políticos y de opinión. Y cuando estos no disponen de la madurez y la serenidad suficiente, actúan de manera infantil, impulsiva, llamando la atención, demostrando su poder o el que creen tener, asumiendo venganzas y revanchas que son la mayoría de las veces irrelevantes pero lo hacen de forma efectista, y cuando nada de eso funciona o no es suficiente, según ellos, entonces se convierten en víctimas dolidas de ofensas inimaginables e imposibles de satisfacer, que generan más conflictos. Lo que es importante es mantener al contendor en situación de temor, incertidumbre y de no saber que hacer ni cómo actuar.
Por supuesto que la huida es otra forma de reaccionar ante la imposibilidad de congeniar con el futuro inmediato. Se huye de muchas maneras, geográficamente es la más frecuente en nuestro medio. Actitud totalmente comprensible ya que provenimos, como ciudadanos, de un altísimo porcentaje de inmigrantes y, aunque las raíces se hagan, la posibilidad de un cambio geográfico siempre está ahí.
Los militares, que es otro tema muy manido y poco entendido, son como todos nosotros. Sienten y padecen las mismas cosas. Ni Chávez los tiene comprados, ni ellos son todos Chavistas por definición. Los argumentos que usamos los civiles también son utilizados por los militares, con la necesaria discreción impuesta por su condición disciplinaria. Así pues, lo que pasa en grande en la calle, pasará en chiquito en los cuarteles y quizá con más rabia, pues dentro no hay como mostrarla y fuera no existe para ellos, hasta el momento del retiro a la vida civil.
Los muchachos de la generación del siete, como seguramente llamará la historia a los estudiantes que este año salieron a la palestra pública con arrojo, valentía y frescura, dieron una demostración de serenidad y efectividad en el uso de conductas y técnicas de afrontamiento, al decir lo que tenían que decir, sin llegar a la discusión inútil y sin dejarse engañar por las tácticas dilatorias tan propias del oficialismo, las mismas que convirtieron en inútil la mesa de negociación y trajeron el tedio y el desinterés a la plaza de Altamira. Resultado magnífico de la madurez y sensatez, cultivadas por los diez años de política nacional ineficiente pero conmovedora y por la amenaza constante de un posible claustro rígido, cerrado, dependiente y sin autonomía. Motivado también por el temor al fin de la Universidad y del estudiante libre, abierto, esperanzado, creativo, seguro de sí mismo, perseverante e indoblegable.
Este breve paseo por la psicología del venezolano hoy, no puede terminar sin decirle a los lectores que la única solución posible tiene que ser una solución que acomode a todos, sin exclusiones y que incluya a todos sin favoritismos. Nuestro futuro como nación y como sociedad no depende ni del populismo socialista ni del capitalismo democrático, esas son posiciones que terminan siendo adaptaciones al mejor hacer de grupos políticos. De lo que sí estamos seguros que podremos enorgullecernos siempre, es de lo que nos hizo una nación exitosa y feliz: el respeto, la consideración, la aceptación, el cumplimiento de nuestros deberes sociales, la solidaridad y la defensa de nuestros derechos, con nuestro consabido buen humor y nuestra alegre y constante impaciencia.
Ensayos y artículos sobre salud mental y psiquiatría, que reflejan los intereses profesionales y la opinión del Dr. Álvaro G. Requena, Médico Psiquiatra
miércoles, diciembre 19, 2007
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